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SALARIO Y POBREZA

Sin un diagnóstico adecuado no hay cura posible, el tiempo para la prueba y error parece que se está agotando. Como nuestro pueblo, que también se agota.

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Por Ricardo Martín (*)
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Según un estudio del reconocido Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), el 28,2% de los trabajadores son pobres. Esto incluye a los que trabajan a tiempo completo o parcial, aunque tengan empleos precarios e inestables. Aún entre los que trabajan jornada completa, la pobreza alcanza al 12,6%; pero si tienen una ocupación a tiempo parcial e inestable, son pobres en un 58,2%. El estudio muestra que, entre 2015 y 2021, el total de trabajadores pobres aumentó un 80%, casi todo durante el gobierno neoliberal que prometió pobreza cero. La aceleración inflacionaria impide que el aumento del empleo operado este año reduzca ese elevado porcentaje de pobreza de la gente que trabaja.

La jubilación mínima evita, en general, que un jubilado sea pobre: a octubre pasado alcanzó $ 48.842, netos del descuento de PAMI y sumado el bono de $ 7.000 que se pagó entre septiembre y noviembre, mientras que la Canasta Básica Total del INDEC (CBT), que mide la línea de pobreza, para un jubilado menor de 75 años es de $ 37.535, y si es mujer, de $ 30.299. Como casi todas las personas mayores, debido a las políticas aplicadas por los últimos gobiernos peronistas, cuentan con su jubilación, estarían por sobre la línea de pobreza. Holgadamente en general, aunque si recibieran la PUAM (Pensión Universal para el Adulto Mayor, un invento de Macri que reduce en un 20% la jubilación de los que no alcanzaron los 30 años de aportes), zafarían de la pobreza por mucho menos. Pero esto requiere que no pague alquiler, porque la CBT no lo incluye: los pesos que gana un jubilado/a por encima de la canasta de pobreza difícilmente alcancen para cubrirlo. Ergo, un jubilado/a con la mínima que tenga que pagar alquiler será probablemente pobre, y mucho más si percibe la PUAM.

Por otra parte, la ley de contrato de trabajo establece que el salario mínimo vital es “la menor remuneración que debe percibir en efectivo el trabajador sin cargas de familia, en su jornada legal de trabajo, de modo que le asegure alimentación adecuada, vivienda digna, educación, vestuario, asistencia sanitaria, transporte y esparcimiento, vacaciones y previsión”. Eso se cumpliría hoy: el salario mínimo vital y móvil ascendía, en octubre pasado, a $ 46.913 netos (deducidos los descuentos de ley), mientras que la canasta básica total para un adulto solo, que cubriría aproximadamente esas necesidades que marca la ley, llegaba en octubre a $ 45.223, con lo cual quien gana el salario mínimo superaría, con lo justo, la línea de pobreza. Pero…

* Nuevamente, es necesario que no pague alquiler: si debe pagarlo, será pobre.

* Además, si se tratara, por ejemplo, de una mujer joven con un hijo menor de edad, necesitará entre $ 50.650 y $ 81.854, según la edad y sexo del hijo/a, para no ser pobre. Agregado el Salario Familiar por hijo, cobrará $ 55.384 en mano, de modo que, probablemente, será pobre, incluso sin pagar alquiler.

* Aún una pareja, ganando ambos el salario mínimo, será probablemente pobre si tiene 1 hijo: su CBT, con un hijo de 3 años, requerirá $ 103.108 (y más si el hijo fuera mayor), mientras que 2 salarios mínimos netos más el salario familiar por hijo totalizan $ 102.297. Por supuesto, serán más pobres si tienen más de 1 hijo/a menor de edad, porque cada hijo genera un ingreso de $ 8.471 por salario familiar, pero agrega entre $ 15.828 y $ 47.032 al costo de la CBT, según edad y sexo.

La pobreza, entonces, afectaría poco a los jubilados, y mucho a los desocupados, a los sub ocupados y a los que tienen empleo precario, pero también llega a los ocupados plenos, registrados o no, que la padecen en un 12,6%. Este sencillo análisis del salario mínimo confirma teóricamente lo que estudió la UCA en campo.

Ahora bien: ¿es un problema de distribución del ingreso? En parte: el empleo se recuperó totalmente después de la pandemia y de la crisis macrista, pero la participación del salario en el valor agregado, según un informe de CIFRA-CTA, cayó un 17% entre 2016 y 2021. Esto significa que las empresas ganan hoy más que nunca, y sus trabajadores, menos, y coincide con el mencionado aumento del 80% en la pobreza de las personas ocupadas. No obstante, justo es decir que el coeficiente de GINI, que mide la desigualdad de ingresos para el conjunto de la población, mejoró un 3% entre esos años, debido a la política de subsidios a las personas pobres y vulnerables, que no integran el salario, pero reducen la desigualdad. Este índice, en la estadística del Banco Mundial, muestra que Argentina es -todavía- el tercer país más igualitario de Latinoamérica, detrás de Uruguay y El Salvador, entre 18 países que cuentan con este dato.

Entonces: ¿a qué se debe que tengamos tanta pobreza, que alcanza según el INDEC al 36,5% de nuestra población al primer semestre de este año, y que afecta a tantos trabajadores, como ya vimos?

Indudablemente hay un problema de distribución, porque estar tercero en un lugar tan desigual como América Latina no es gran cosa; también, el reciente aumento de las ganancias empresarias en relación a los salarios contribuye a que tantos trabajadores sean pobres. Pero, en lo esencial, creemos, es un problema de falta de crecimiento del PIB.

Argentina creció, en los 46 años que van de 1975 a 2021, sólo un 25% por habitante, mientras Brasil y el promedio de Latinoamérica lo hicieron en un 65%, Chile en un 307%, y Uruguay y Cuba, un 130%, según el Banco Mundial. Esto significa que, si nuestro país hubiera crecido, por ejemplo, como Cuba y Uruguay, hoy ganaríamos todos, a igual distribución del ingreso, 84% más, con lo cual seríamos muchísimo menos pobres. Aún con los problemas distributivos que tenemos, los que también empeoraron mucho en esos 46 años, de haber crecido como nuestros vecinos uruguayos habríamos alcanzado un PBI por habitante 84% superior, y ello hubiera derrumbado los índices de pobreza. Los tres gobiernos neoliberales que padecimos en ese período fueron, por lejos, los grandes culpables de semejante atraso relativo, pero también los gruesos errores de política económica de los gobiernos populares que tuvimos desde 1983 son responsables de que no se haya podido revertir ese atraso. El campo popular debe, en consecuencia, hacer una profunda autocrítica: acerca de por qué el gobierno de Alfonsín no pudo siquiera mitigar el desastre económico que dejó la dictadura militar; de cómo y por qué el peronismo pudo generar, con Menem, 10 años de endeudamiento, destrucción económica, entrega de la soberanía y descapitalización del Estado y del país, continuados luego por el gobierno radical de De la Rúa. Y finalmente, por qué los doce años de gobierno kirchnerista terminaron con un estancamiento económico que dio lugar al triunfo de Macri y a su desastroso gobierno neoliberal; y por qué estamos ahora, con este nuevo gobierno popular, entrando en un estancamiento similar.

El progresismo debe, primero, plantearse estas preguntas muy seriamente, porque no lo está haciendo; y segundo, responderlas. Porque sin un diagnóstico adecuado no hay cura posible, y el tiempo para la prueba y error parece que se está agotando. Como nuestro pueblo, que también se agota. –