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PERONISMO Y TERRITORIALIDAD

(Parte II)

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Por Enrique Bugatti

Con la reorganización peronista posterior a la derrota electoral de 1983, se produjeron varios cambios en las referencias y praxis política interna que, no sin resistencia de los diferentes estamentos de conducción justicialista existentes, alumbró la llamada Renovación encabezada por dos dirigentes históricos: Cafiero y Menem y una pléyade de nuevas figuras en distintos territorios, tales como De la Sota, Grosso, Manzano, Macaya, Busti, etc.

 Esos nombres nuevos o más jóvenes constituyeron un recambio generacional, pero en contados casos se verificó una actitud disruptiva para con las viejas figuras de cada territorio ya sin capacidad etaria de participar en la construcción del «tercer» peronismo.

En la provincia de Buenos Aires, la Renovación fue consolidándose luego que el «Herminismo» (Herminio Iglesias) anulara las internas justicialistas de agosto de 1984 hecho que precipitó que esa dirigencia emergente, liderada por Antonio Cafiero decidiera presentarse a la elección general de medio término de 1985, por fuera del Partido Justicialista y derrotándolo ampliamente en aquella «interna abierta» entre peronistas. Los auspiciosos resultados de ese comicio determinaron la disolución de la ortodoxia como factor de poder interno.

Mientras tanto, las bases peronistas recuperaron grados de participación y protagonismo aupadas por esa entusiasta dirigencia de claros objetivos en orden a la recuperación del poder provincial y luego nacional. Dirigentes como Luis María Macaya, desde Tandil en el centro geográfico bonaerense, encararon una ímproba tarea de articulación de todos los Distritos/Departamentos (ciento treinta y cinco) de esa inmensa geografía, tarea a la postre reconocida por el universo peronista y que le valiera la candidatura a la vice gobernación de Cafiero en 1987.

El posible afirmar que en esa etapa comenzó a esbozarse un mix de paradigmas antagónicos a nivel dirigencial, desde los cuadros doctrinaria e ideológicamente alineados a las tradicionales banderas y postulados justicialistas, hasta los que -más tarde se corroboraría- serían portadores de intereses y objetivos sectoriales «empresariales».

En cualquier caso, los canales de participación del conjunto, fueron amplios y variados con un interesante grado de movilización y democratización del mismo. Tales características quedarían corroboradas en la gran interna presidencial Menem vs Cafiero, previa a la elección presidencial de 1989, quizás el más logrado ejercicio de democracia interna en la existencia del peronismo.

Con Menem en el poder, amén del alejamiento absoluto a la doctrina y hasta de las tradiciones peronistas más sentidas; comenzó el fenómeno de la mercantilización de la política y de la militancia de base, lo cual completó el combo de exterminio al movimiento creado por Perón. 

Pocos dirigentes pudieron sustraerse al vendaval, generalmente acaudillados por gobernadores que cerraron sus territorios reafirmando su condición de señores feudales que, aún hoy, algunos preservan. En cualquier caso, el estado asambleario -propio de las democracias jóvenes y participativas- desapareció durante los casi diez años de Menemato proyectando tal rémora, hasta nuestros días.