Volver a la tapa

NADA MAS QUE EVITA (y nada menos)

La singularidad de María Eva Duarte y su empatía por los más vulnerables la convirtió en una líder política amada por millones de compatriotas. Solidaridad, amor al prójimo y coraje para transformar la realidad.

Foto del Autor
Por Silvanna Gieco
sgieco@revistaliberacion.com.ar
Logo

Los primeros pasos de Eva Perón como dirigenta política fueron desde un despacho en el Palacio de Correos y Telecomunicaciones, hoy Centro Cultural Kirchner, donde funcionó desde mediados de 1946 su primer oficina, en el cuarto piso con vista a la Casa Rosada.

Los lunes, miércoles y viernes por la mañana atendía quienes querían hablar con el presidente, escuchaba sus demandas, sus necesidades y comenzaba a resolverlas de manera urgente. También recibía a dirigentes sindicales y mujeres de los centros cívicos, empezando a construir su entramado político, alianzas y proyectos. Así se inició su vínculo con el pueblo y las tareas de lo que después fue la Fundación Eva Perón.

Los derechos políticos de las mujeres, los de la ancianidad, la fundación de ayuda social, los estrechos vínculos con los sindicatos y una intransigente defensa de Perón frente a “oligarcas”, “cipayos” y el “imperialismo”, marcaron los intensos seis años (1946-1952) que la tuvieron en la primera escena nacional.

Una de sus luchas más grandes fue por las mujeres, primero para que el voto femenino fuera posible y después para que pudiera ejercerse, no sólo votando sino también para que fueran candidatas y puedan ser elegidas.

Con la ley de sufragio femenino, su liderazgo político se proyectó a nivel nacional y posibilitó que se cumpliera con el objetivo de la reelección de Perón, por un segundo mandato. Creó el Partido Peronista Femenino, herramienta que permitió la incorporación masiva de mujeres a la política. Con una estructura de penetración territorial muy capilar, la conducción residía en Eva Perón y a ella respondían de manera directa o indirecta todas las militantes. El objetivo principal era empadronarlas, entregarles la libreta cívica y capacitarlas para ejercer por primera vez el voto en las elecciones de 1951.

Evita fue una persona con una clara conciencia política y de construcción del poder con sentido transformador, a tal punto que se convirtió en emblema por los derechos sociales, en clara oposición a la beneficencia o la caridad que era lo habitual en esos tiempos.

Fue una vida que transformó muchas otras vidas, mediante una maratónica carrera política que catapultó su popularidad entre los sectores populares y despertó el rechazo en las clases altas de la sociedad argentina.

«Desde que yo me acuerdo, cada injusticia me hace doler el alma como si se me clavase algo en ella. De cada edad guardo un recuerdo de alguna injusticia que me sublevó desgarrándome íntimamente. La limosna para mí fue siempre un placer de los ricos; el placer desalmado de excitar el deseo de los pobres sin dejarlo nunca satisfecho», expresó en alguna ocasión.

La creación de la Fundación Eva Perón, el emprendimiento más acabado de política social peronista, constituyó una forma original, práctica y sobre todo efectiva de hacer realidad que “donde hay una necesidad hay un derecho”.

Su obra educativa, sanitaria, de protección a la niñez, la mujer y la ancianidad fue de magnitud, llevando justicia social a todos los confines del país. Construyó viviendas para familias obreras, policlínicos, escuelas, hogares-escuela, de tránsito y de ancianos, ciudades universitarias y el edificio de la sede de la Confederación General del Trabajo. Además se ocupó del esparcimiento administrando de los complejos creados para turismo social.

Creó una Escuela de Enfermeras, puso en funcionamiento un Tren Sanitario para llevar el médico a lugares donde nunca habían llegado. Alguien le dijo que los pobres no usaban anteojos, y ella respondió, “no los usan porque nunca fueron al oculista”.

Llegó a recibir 12 mil cartas por día en la Fundación, lo que le significaba trabajar hasta tarde en las noches intentando dar respuesta personalizada a la asistencia que brindaba.

La ayuda directa se concretaba a través de distintos artículos a personas que lo necesitaban como máquinas de coser, medicamentos, herramientas, sillas de rueda, prótesis varias, ropa, muebles, el reparto de pan dulce y sidra para las fiestas de fin de año, además de juguetes para niños y niñas, llegando a entregarse 5 millones para una navidad.

Esta inmensa obra se financiaba con aportes de los trabajadores sindicalizados, un porcentaje de las entradas de los hipódromos y de los cines, fondos provenientes de las ganancias de la lotería y de los casinos, a los que se sumaban los aportes de instituciones particulares y subsidios estatales (nacionales y provinciales).

Eran días felices. La revolución social alcanzaba al ocio y el goce, se incrementaron los salarios y activó el mercado interno, se respiraba un clima de optimismo en las clases populares produciendo cambios culturales junto a nuevas prácticas de consumo y entretenimiento. Por esa época había más pizzerías que bares en la avenida Corrientes y aparecieron los 20 y 20, los que siempre tenían 20 centavos para la porción de muzzarella que comían de pie y otros 20 para hacer andar la rocola. Esa pizza y ese disco simbolizaban un mercado en expansión que permitió una movilidad social.

El odio de clase y el revanchismo no se hicieron esperar. Llegaron los golpistas. Tras derrocamiento del gobierno peronista en 1955, las autoridades de facto procedieron a disolver la Fundación e investigar el manejo de sus finanzas. No pudieron encontrar irregularidades.

En su dictamen, la comisión se quejaba por los “excesos” de la Fundación Evita: “Desde el punto de vista material la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de la sobriedad republicana que convenía, precisamente, para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menús diarios. Y en cuanto al vestuario, los equipos mudables, renovados cada seis meses, se destruían”.

Se formaron inmensas fogatas donde se quemaron libros, frazadas, sábanas, cubrecamas, platos y cubiertos porque llevaban el sello de la institución. También decenas de pulmotores. Pocos meses después, una epidemia de polio se abatió sobre el país y chicos argentinos murieron por falta de aquellos aparatos que tuvieron que ser importados desde los Estados Unidos. Hasta se mandó destruir los frascos previstos para transfusiones que quedaban en los hospitales por contener “sangre peronista”.

Pese a la persistente acción de denostación y descalificación a través de los años, el impacto de su obra fue enorme, a punto tal que permanece en el imaginario colectivo como una marca indeleble de acción necesaria y trascendente en pos de una sociedad más justa y solidaria. A 69 años de su fallecimiento, sigue siendo emblema por la lucha de los derechos sociales dejando una profunda huella en el pueblo al que le había pedido que la recordara como Evita.