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LO QUE SE TUVIERON QUE BANCAR LOS TRABAJADORES EN LA DECADA INFAME

La desocupación era la peste de la época. La crisis perjudicaba a todos pero especialmente a los trabajadores urbanos y rurales, sin leyes laborales justas y sin tener quienes defendieran las conquistas ya obtenidas.

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Por Alfredo Vara
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Lo peor les tocó a los anarquistas: desde el primer día del gobierno del general Uriburu se los cazaba como a ratas. La cacería estuvo a cargo de las policías de todo el país y de la Legión Cívica Argentina (los “camisas negras” de Uriburu), legal o ilegalmente. A Di Giovanni y Scarfó se los juzgó en un día y se los fusiló al día siguiente. En Mendoza, Rosario o el Chaco, se los eliminó sin tanto trámite. Los sindicatos y la prensa anarquistas desaparecieron.

La crisis del 30, perjudicaba a todos: presidentes, empresarios, terratenientes, comerciantes, trabajadores o amas de casa, sean urbanos o rurales. La desocupación era la peste de la época, prácticamente en todo el mundo. A los desocupados argentinos les fue dedicado el tango “Yira yira”. Empresarios y terratenientes creyeron que volvían las épocas conservadoras en que el patrón hacía lo que quería con los trabajadores. Pretendieron bajar sueldos y despedir en masa, pero tuvieron que esperar unos meses. El duce Uriburu les puso delante un jefe de la secretaría del trabajo y un ministro del interior que eran tan fascistas como el duce. El ministro Sánchez Sorondo y el secretario Maglione anoticiaron a los patrones que, al modo fascista, tenían que sentarse a negociar con los gremialistas. Maglione dejó constancia de que era mucho más fácil ponerse de acuerdo con los trabajadores que con los patrones. De todos modos, tal contratiempo duró unos meses: cuando fracasó Sorondo en su proyecto de legitimar a Uriburu llamando a elecciones en la provincia de Buenos Aires (victoria radical yrigoyenista). Renunció Sorondo, renunció Maglione, y se renunció por quince años a promover elecciones sin fraude u “obrerismo” alguno. Para decirlo de otro modo: los trabajadores, agremiados o no agremiados (70%) se quedaron en pelotas; sin poder votar por un gobierno popular que promoviera e hiciera efectivas leyes laborales justas, o siquiera defendieran las conquistas ya obtenidas. Veamos ejemplos concretos.

Las empresas ferroviarias también estaban en crisis. En noviembre de 1931, pretendieron resolver la cuestión despidiendo trabajadores en masa. Todavía gobernaba Uriburu, pero ya no estaba Maglione. Los ferroviarios, que eran representados por los dos sindicatos más fuertes del país (la Fraternidad y La Unión Ferroviaria) no fueron a la huelga: no podían en virtud del estado de sitio vigente. Negociaron bajas de los salarios de entre el 6 y el 10%, a cambio de que no haya despidos. En 1933, los empresarios alegaron que lo anterior no era suficiente y pidieron una rebaja del 13% más. El gobierno de Agustín P. Justo medió, obligando a los gremios a aceptar la nueva baja, a cambio de que, cuando pasara la crisis, lo descontado se les devolvería. En 1935, la crisis ya estaba superada, pero los empresarios se hicieron los distraídos hasta 1943, en que el coronel Perón, como ministro del trabajo, los obligó a cumplir con lo pactado.

Otro ejemplo. Cuando, a fines de 1931, Uriburu, ante el fracaso global de su gobierno (no lo quería nadie, ni los empresarios ni los militares) llamó a elecciones presidencial y legislativas, la Convención Radical decidió la abstención del partido por múltiples causas, todas válidas ante el juico de la historia: no podía ser candidato su jefe Marcelo T., el estado de sitio vigente impedía la campaña electoral, todas las provincias estaban intervenidas por políticos conservadores, era vox populi que se practicaría el fraude electoral con cuanta artimaña se pudiera inventar (se inició la época del “bicho canasto”, el secuestro de libretas, el patoteo a los fiscales opositores, votaban los muertos, etc.). Los radicales no se presentaron, pero los votantes fueron a votar de todos modos y resultó que los socialistas, por primera y única vez en su historia, consiguieron 43 diputados. Entre 1932 y 1935 consiguieron la sanción de 27 leyes laborales, entre ellas el “sábado inglés” (no se trabajaría por la tarde), las 8hs. diarias, que se habían conseguido con Yrigoyen y perdido con Uriburu, y la indemnización por despido. 27 leyes que se sancionaron y nunca se cumplieron, por la sencilla razón de que los patrones se las pasaron olímpicamente por las pelotas. Ni el presidente Justo ni el presidente Ortiz que, fraude mediante, lo sucedió, hicieron el menor esfuerzo de un dedo meñique para que se cumplieran. Cuando los radicales decidieron participar, aunque sea con fraude, sus legisladores no movieron tampoco sus dedos meñiques. Durante años, desde 1935 hasta 1943, en que la democracia fraudulenta fue interrumpida por el golpe militar nacionalista, la cuestión laboral no fue tema que preocupara a los legisladores de ningún pelaje. Aunque Marcelo T. discurseara sobre la justicia social, mientras negociaba con Justo el final del fraude, y hasta con Ortiz por lo mismo, su mayor empeño real estaba en darle al radicalismo un perfil “decente”, es decir aceptable para las clases medias. Del “obrerismo” de Yrigoyen no le quedaba ni el meñique. Ya volveremos sobre el tema.

Pero veamos lo que pasaba en Corrientes. Nos lo describe Antonio Castello. Para 1930, al intervenirse la provincia (todos ministros conservadores o antipersonalistas: Vidal, Meabe, Conte, Díaz de Vivar) el gobierno ya le venía debiendo a los maestros 17 meses de sueldo. “La Prensa” de Buenos Aires dio la noticia de que un maestro rural visitó al interventor para informarle que el último tiempo había vivido alimentándose de naranjas y mandiocas, que se terminaba la cosecha de la mandioca y que no había comerciante ni persona alguna que quisiera darle al fiado (¡Yira yira!). En enero del 31, el gobierno nacional mandó plata para que se les pagara cinco de los casi veinte meses que se les debía. No se crea que sólo era un problema de los maestros, lo mismo les pasaba a los jubilados, los empleados del Estado y los jornaleros. Familias habitualmente ricas, dueñas de estancias, que no podían vender su ganado (recordar que había disminuido en un 90 % la exportación de carne) se trasladaban a la estancia a vivir de lo que producían sus campos: subsistencia a la alta escuela, pero subsistencia al fin.

En el plano político, Castello nos informa de la detención de dos anarquistas en el Chaco, pero no nos informa de lo que pasó con ellos. También nos informa que el mayor Juan Filomeno Velazco llegó a Goya para organizar definitivamente la Legión Cívica Argentina, mientras en la Capital lo hacía el doctor Hernán Félix Gómez. En cuanto al fraude patriótico, en Corrientes se utilizaron todos, pero se inventó uno novedoso; “el voto transeúnte”. Consistía en lo siguiente: como en el Chaco no se votaba por ser “Territorio Nacional”, se aprobó en la legislatura la ley que autorizaba a los chaqueños a pasar el Paraná para votar en Corrientes. Como el único que tenía los recursos suficientes para pagar las embarcaciones necesarias era el gobierno, una multitud de votos chaqueños pudo votar cada dos años por los candidatos conservadores.

Volviendo a los asalariados. Recién en 1934-5 se empezó a regular un atraso de casi dos años. Pero a fines del 38 volvieron los atrasos por siete meses. ¿Qué pasaba cuando los maestros se auto convocaban a la huelga o estimulaban a los alumnos a no venir a clases? Se les explicaba que se requería de ellos un esfuerzo patriótico, se los llamaba “apóstoles de la educación” y, si no entendían, se los despedía y se los reemplazaba por quién sea: hubo centenares de cesantes. Un periodista correntino propuso al gobierno conservador de entonces que anunciara cuánto tiempo más quería quedarse a gobernar y que se suspendieran las elecciones, que con lo que se gastaba en el voto transeúnte se podría pagarles a los maestros.

¿Qué situación social podían generar tanto fraude y miseria? El cuatrerismo era y es un delito endémico en la provincia, pero en aquellos años aumentó tanto como aumentaba la miseria. Se lucieron como bandidos rurales de la época, Aparicio Altamirano, capturado y muerto en 1933 y “Mate Cocido”, que siguió sus correrías hasta 1940, año en que desapareció. El alcoholismo era endémico, pero creció al ritmo de la miseria. Las condiciones físicas de la población joven hacían que el 70% de los varones no fueran aptos para el servicio militar.

A partir de 1935, comenzó a abrirse una línea de fuga de tan miserable vida: la rápida industrialización del conurbano bonaerense, ya se verá, permitió que el pobrerío rural de todo el país se fuera convirtiendo en “el aluvión zoológico” de los “cabecitas negras”, los futuros “descamisados” de Perón. –