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LA MEMORIA ESTÁ ESCRITA EN EL VIENTO

Egidio García, nacido en La Isla Delec arrancado de su comunidad de un manotazo violento recuerda su historia, el trabajo esclavo, el sol, los cañaverales. Comprendió que había que poner freno a las injusticias, mejorar las condiciones de trabajo y acabar con el sufrimiento de la gente.

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Por Graciela Elizabeth Bergallo (*)
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Lo dijo mientras miraba el cementerio indígena arrasado, cercado por manos extrañas en la Isla Delec, territorio qom que bordea el río Paraná, próximo a La Leonesa y Las Palmas. Se levantaron alambrados, carpieron, cultivaron soja donde reposaban sus ancestros, pasó algo semejante en el cementerio indígena de Sol de Mayo y en otros tantos territorios y cementerios de la Provincia.

LA JUSTICIA PARECE INVISIBLE.

“Allí están nuestros santos guerreros, gente que luchó por la defensa del territorio, donde se luchó en la campaña del desierto, allí están enterrados nuestros ancestros, nuestros médicos, las personas sagradas. Eso es lo que no entienden las leyes, los municipales, la sociedad”, dice Egidio García.

Los qom tacshic estaban allí desde antiguo tiempo, mucho antes de que los irlandeses Hardy levantaran el Ingenio Azucarero Las Palmas del Chaco Austral. El viento, el canto de los pájaros, el croar de las ranas, el maullar de los felinos anunciaban rumbos, presencias y ausencias, lluvias, nieblas o tormentas. Quienes conocían esa tierra podían develar señales para orientarse. La naturaleza íntimamente entrelazada con significaciones cosmológicas tenía su ciclo al cual el hombre se acomodaba. La empresa azucarera inició su ruptura. La alternativa fue el cañaveral, los surcos, el quiebre ecológico y cultural, las epidemias.

El ingenio azucarero recibió extraordinarias concesiones de tierra fiscal a fines del siglo XIX, en el este chaqueño, sobre el Río Paraguay. Fue un feudo, un estado dentro de otro estado, como lo fue La Forestal. Moneda y policía propia, almacenes, escuela, hospital, casas, todo pertenecía a la empresa. En otoño, época de zafra, los qom, moqoit, pilagá, chulupí, wichi, desembarcaban en el “Puerto del Infierno”, familias enteras provenientes de Paraguay, Corrientes, Misiones, Formosa.

Egidio García nació en el año 1958 en La Isla Delec. Su madre fue asistida por una nogotolec loo indígena. Su padre y su abuelo fueron trabajadores del Ingenio, se arrastró con ellos en los cañaverales hasta que fallecieron. Con nueve años salió a vender diarios, lustrar botas, había que hacer cualquier changa para sobrevivir. Fue arrancado de su comunidad de un manotazo violento, lo llevó un colono de La Colorada, junto a otros cuatro niños indígenas.

“Nos agarró a los niños que no teníamos padre, entre nueve y doce años teníamos. Nos tenían como esclavos, como animales, nos hacían hacer trabajo de campo, carpida. Estábamos en un rancho, tres años, nos alimentaban con pan y cocido, nunca nos compró ropa. En una noche de luna llena nos escapamos, tuvimos que escapar por el monte, nos escondíamos, nos buscaban con camionetas, toda una noche huyendo aterrorizados. Cuando nuestra gente nos vio llegar se asustaron, lloraron”.

Tenía trece años, tuvo que continuar cortando caña en los cañaverales. Aprendió el castellano y a leer en el tiempo del servicio militar obligatorio. Pasó el tiempo, el trabajo esclavo, el sol, los cañaverales, dejaron sus huellas en su cuerpo, en su raíz, en su entendimiento. En su alma preservó el nombre secreto. Comprendió que había que poner freno a las injusticias, se hizo gremialista, fue delegado del Sindicato Único de Trabajadores de Las Palmas. Hubo grandes movilizaciones, cortes de ruta, por las condiciones de trabajo, por el sufrimiento de la gente.

“Como era delegado me interesaron para entrar en las filas del peronismo”.

Inevitablemente, llegó la quiebra del ingenio, otros lugares del mundo fueron más propicios para la producción del azúcar que una tierra desgastada. En los años setenta se esfumó la principal fuente de trabajo de la región, se privatizaron las tierras con población indígena incluida, sus cultivos, sus cementerios, se pusieron cercos, tranqueras, candados.

En el año 1992 Egidio García fue enviado por la Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA) a Río de Janeiro, a la Cumbre de los Pueblos. Participó en la comisión redactora de la agenda siglo XXI, sobre biodiversidad. El Consejo de la Tierra lo invitó luego a Costa Rica.

“Dos años estuve allí, antes del levantamiento de Chiapas. Conocí Centroamérica, trabajaba con los refugiados indígenas, guatemaltecos, nicaragüenses, exiliados de otros países. Aprendí mucho, mucho, aparte de abrazar la causa indígena, tenía también la ideología del gremio y del peronismo. De Centroamérica volví un cien por cien volcado a la causa indígena”.

Luego vino un largo tiempo de lucha por la recuperación del territorio indígena en Las Palmas, llegó a estar encadenado, cuando hizo una huelga de hambre en Buenos Aires. En los años noventa, se logró el título de propiedad de dos mil trescientas hectáreas.

A partir de entonces, con Orlando, Inocencia Charole y otros dirigentes, se propusieron la conducción del IDACH, que lograron más tarde. Egidio García fue junto a ellos protagonista de la más importante movilización indígena realizada en la provincia del Chaco, en el año 2006. Se sumó a la huelga de hambre de doce dirigentes que duró treinta y tres días en una oficina, tomada, de casa de gobierno, donde permanecieron totalmente aislados.

En las pancartas que flotaron en el aire durante la movilización se leía: “Paren con el robo de nuestra tierra”, “Napa’lpi Justicia”, “Villa Río Bermejito, capital nacional de la discriminación”. Se denunciaba el daño al territorio de las comunidades, principalmente en el departamento Güemes, se acusaba al Instituto de Colonización del Chaco de vender tierras fiscales. No se entregaban a las comunidades indígenas y criollas las tierras ocupadas y reservadas.

Luego de las elecciones provinciales, el cambio de signo político y la ocupación de cargos de algunos dirigentes indígenas dentro de la estructura de gobierno significó un avance importante en algunos asuntos, otros no, por los conflictos socioculturales, las presiones del poder, el persistente avasallamiento de sus territorios, el clientelismo político, el racismo que sigue estando presente en el aire que se respira.

“Nosotros tenemos una meta respecto a nuestro pueblo, dice Egidio García, llegar a lugares de decisión, pero los cargos son circunstanciales, no se puede renunciar a la causa. La causa indígena cuesta proyectar, entender, palpar, los partidos políticos influyen mucho a los dirigentes. El estado avanzó en lo que ellos llaman la reparación histórica. Cuando se hace consulta previa se hace rápido. La consulta previa lleva su tiempo, son trescientas mil hectáreas, entre otros territorios que están siendo ocupados, avasallados por la deforestación, contaminados por agrotóxicos. Aspiramos a un gobierno de los tres pueblos, un gobierno autónomo. El Instituto del aborigen chaqueño fue una institución combativa, tenemos que recuperar ese espíritu, por el momento es nuestra única herramienta política”.

La ciudad de Las Palmas que luego se extendió a La Leonesa, creció alrededor de los edificios y otros vestigios del Ingenio, la Casa Grande, las oficinas, las fábricas, los depósitos, todos ellos ahora totalmente derruidos. Todo lo que se pudo robar se robó, techos, ventanas, mosaicos, vitrales. Restos de una historia de fantasmas que reaparecen, ecos de voces que llegan hasta el presente. La gente vive haciendo memoria, los que no conocieron o vivieron lo peor se animan a soñar que algo de lo que fue regrese alguna vez.

En un escudo de la ciudad se observa el machete cortando caña, en otro escudo se ven los colores celeste y blanco, palmeras, un arado, la fábrica, todo ello envuelto por un gran foco incandescente. Se entiende, en el Ingenio funcionó la primera usina eléctrica del país. Emblemas de un ecocidio y genocidio histórico.

Una vez al año, en enero, se realizan los “Carnavales de la Dulzura”, ¿evocando la caña de azúcar? En noviembre, otra actividad conmueve al pueblo: el Torneo Internacional de Pesca del Pacú Arrocero. Lo organiza una arrocera que tiene tres mil quinientas hectáreas, y que alterna la producción de arroz con la de pacú. Una o algunas de las piletas de la arrocera se destinan a ese torneo.

¿No utilizan más agrotóxicos? ¿Dejaron de fumigar especialmente a comunidades indígenas y contaminar al resto de la población?

En el barrio Maipú se depositan residuos de la ciudad, pleno territorio indígena. Corrieron sólo doscientos metros otro basural próximo a una escuela, también indígena, donde arrojaban hasta residuos hospitalarios. Los niños transitan por allí para llegar a la escuela, hay moscas en todo el barrio, la contaminación es tremenda. Lograron que una arrocera suspenda el rocío de agrotóxicos por los gravísimos problemas de salud que aparecían en la población, especialmente en los niños.

“Es difícil reaccionar -dicen- porque dividen planes sociales y becas, entregan migajas, hacen trabajar a la gente sin cobertura social. Si alguien dice algo para protestar, si se pone alguna gente en contra, se generan conflictos, aún entre la propia gente. Tienen miedo de perder esos pesitos, el plan, la beca, son votos asegurados”.

Las Palmas y La Leonesa son ciudades contiguas, desde ellas se accede a la ruta nacional 11 por la ruta provincial 56. El municipio instaló a lo largo de todo el trayecto de esta ruta provincial, cada dos kilómetros más o menos, enormes, resplandecientes, increíbles esculturas blancas de casi tres metros de altura colocadas sobre elevaciones. Son en total doce esculturas, cada una de ellas está rodeada de rejas.

“Es una historia continua -dice-. Son las diferentes escenas del Vía Crucis”.-

(*)Mgter. en Antropología Social, Abogada. Crónica incluida por la autora en el libro “Crónicas del Chaco Invisible” (2021). Ver también “Ntonaxac. Danza en el Viento. Memoria y resistencia qom” (2004, 2009)