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LA IRRESISTIBLE ASCENSIÓN DEL CORONEL PERON

El coronel observaba, estudiaba y pensaba, hasta que en noviembre del 43, desde el viejo Departamento del Trabajo convertido en Secretaría de Trabajo y Previsión comenzó a desplegar una política social insólita que iba a cambiar la historia en la Argentina.

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Por Alfredo Vara
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Mostró su inclinación por la política desde el mismo momento en que las fuerzas armadas interrumpían el juego democrático en 1930. Participó con grado de capitán y 35 años, en el golpe liderado por Uriburu, sin entender mucho: leía los diarios que pintaban al viejo Yrigoyen como un déspota reblandecido y corrupto. Cuando llegara a los 49, y ya coronel, haría su autocrítica y la de aquella revolución que se quería fascista.

Los años que siguieron, los de la década infame, fueron para él años de formación política. Estudiaba historia militar (“estudiar y enseñar eso, era, en realidad, ocuparse de estrategias políticas”, le explicaba mucho después a Félix Luna). De allí data su admiración por Napoleón Bonaparte que se hace evidente en sus clases de “Conducción Política” y en su propio estilo de conducción. Sus destinos militares durante la década infame lo pasearon primero por el interior del país, después por Chile, como agregado militar, dónde parece que anduvo mezclado en asuntos de espionaje. Entonces fue enviado a Europa en calidad de “observador” (raro destino para un militar normal al uso: jefe de compañía, subjefe de regimiento, jefe de idem, oficial de Estado mayor, general de brigada, etc.). Perón observaba, en la Europa que comenzaba la 2° guerra mundial, lo que él quería que fuera su destino: los juegos del poder. De vuelta al país, leía con entusiasmo a José Luis Torres, el periodista nacionalista que fustigaba sin piedad al gobierno de Justo, el fraude electoral, el tratado Roca Runciman y otros negociados de la década infame: los privilegios de los ferrocarriles ingleses, el negociado de la Chade en el que se ensució las manos hasta Alvear, en vísperas de su candidatura a presidente en 1937. El coronel estudioso recibía también puntualmente los “Cuadernos” de FORJA, lecturas con las que procuraba entusiasmar a sus camaradas de armas. Estaba surgiendo un nacionalismo antimperialista que preparaba el final de la década infame, y que estaba creciendo en la opinión pública argentina, en sus partidos políticos, en los sindicatos, en el ejército y en Perón. Palabras como “vendepatrias”, “cipayos” o “imperialistas” fueron puestas de moda por los cuadernos de FORJA.

Pero el coronel no se contentaba con ver, estudiar y pensar. A Partir de 1942, mientras el presidente Castillo preparaba a Robustiano Patrón Costas para sucederlo fraude mediante, el ejército se preparaba para derrocarlo a él, terminar con la década infame e instalar una dictadura militar, proscribir a los partidos políticos, intervenir los sindicatos, instalar la censura periodística, perseguir a los comunistas, introducir la enseñanza católica en las escuelas públicas, fortalecer las tradiciones argentinas, mantener la neutralidad en la guerra mundial y las relaciones carnales con la embajada alemana.

Al primer presidente de la revolución, el general Ramírez, los trabajadores argentinos, su situación social, la ausencia de derechos laborales, los “Cabecitas Negras”, la proliferación de villas miseria, ni se le pasaban por la cabeza. Sin embargo, el GOU, la logia militar que Perón y su camarada Domingo Mercante habían iniciado en el 42, y que ya en el 43 contaba con más de 300 miembros, de teniente coronel para arriba, había madurado y estaba en el golpe. Allí tallaba fuerte el coronel Perón, n°8 en la logia, con fama de intelectual y calladito.

El presidente Ramírez fue sustituido por el general Farrell por dos razones: 1) tuvo que declararle simbólicamente la guerra a Alemania y al Japón, rompiendo la neutralidad argentina, por la presión norteamericana. Y lo hizo en condiciones humillantes, cuando la guerra ya estaba ganada, en términos de sumisión a los EEUU. La opinión pública lo sabía y se burlaba del asunTO. 2) Su gobierno y sus funcionarios hacían gala de un nacionalismo tradicionalista pasado de moda: expulsaba a los maestros divorciados, por ejemplo; pretendía poner de moda los bailes criollos, del tipo pericón nacional, impuso la enseñanza religiosa en las escuelas, agitaba el fantasma comunista en un momento en que un frente de partidos con la participación del PC chileno había ganado las elecciones. En la Argentina, la política pasaba por otro lado: el nacionalismo era anti imperialista, es decir anti norteamericano, los partidos ninguneados durante la década infame (UCR, Socialistas, Demócrata Progresista) pedían elecciones limpias y el pronto regreso de los militares a sus cuarteles: justo lo que los militares no querían hacer por el momento, para ellos, era volver a la partidocracia tramposa de la década infame.

Farrell, el nuevo presidente, tenía en la cabeza, más o menos, las mismas pocas ideas que el anterior, a lo que se le agregaba su cara de burro. El humor argentino se ensañó con él y su gobierno: ambos eran burros. Pero tenía detrás suyo, y dándole su apoyo, al GOU y su virtual jefe: el coronel Perón. Cuando su amigo el coronel le pidió el manejo del viejo e inútil Departamento del Trabajo, Farrell y sus funcionarios más cercanos se burlaron de él. Pero en noviembre del 43, el gobierno militar comenzó a desplegar una política social insólita y rapidísima, que sorprendería a los militares mismos y que iba a cambiar la historia en la Argentina.

Desde el primer día de Perón en el cargo, el viejo Departamento del Trabajo comenzó a mostrar su insólito rejuvenecimiento. Pasó a ser la Secretaría de Trabajo y Previsión. El intervenido sindicato de Ferroviarios, por entonces el más importante del país, cambió de interventor: ahora lo era un hijo de ferroviario, el coronel Domingo Mercante. Pronto, los dirigentes ilegales del gremio, que eran socialistas y enemigos del gobierno militar “fascista”, empezaron a ir todos los días a conversar, puntualizar sus reclamos y obtener respuestas, más respuestas que las que esperaban, del Secretario Perón en persona, que les sonreía constantemente, los palmeaba, los trataba de “muchachos” y les pedía que vuelvan. Algo como eso no lo habían vivido ni en los tiempos de don Hipólito.

En abril del 44, el Departamento Nacional del Trabajo informaba al Ministerio del Interior que “en general, la situación del obrero argentino, se ha deteriorado, a pesar del auge industrial. En tanto se logran descomunales ganancias, la mayoría de la población se ve forzada a reducir su nivel de vida, y la distancia entre éste y los salarios aumenta constantemente”. En los próximos dos años, por obra de Perón, esa situación se iba a invertir drásticamente, y así iba seguir por cinco años más.

En tan pocos meses, ya no eran sólo los ferroviarios los que iban a conversar con el coronel Perón, sino Arturo Jauretche como vocero de FORJA, y casi todos los gremialistas, fueran de origen socialista, comunistas, independientes y hasta anarquistas residuales. Hombres ligados al sindicalismo como Atilio Bramuglia, Angel Borlenghi, Luis Gay o Cipriano Reyes, se presentaban cotidianamente a visitar al coronel. Si en el 43 había 80.000 obreros sindicalizados, en el 45 eran 500.000. El gobierno de Farrell extendió el régimen jubilatorio a dos millones de trabajadores, creó los tribunales del trabajo (que la Corte Suprema de Justicia se iba a encargar de trabar todo lo que pudo). Se decretó la ley de asociaciones profesionales, que sacaba de la ilegalidad a los sindicatos y les dio responsabilidad jurídica de una vez y para siempre. Aprobó los estatutos de diversos gremios y creó nuevos gremios, incluidos los gremios paralelos que empezaron a rivalizar con los controlados por comunistas y socialistas. La FOTIA azucarera fue creada en 1944. En Buenos Aires, la UOCRA, LA UOM, los madereros, el sindicato de la carne de Berisso. Paulatinamente nacieron los convenios colectivos de trabajo, la estabilidad laboral, las vacaciones pagas, el novedoso aguinaldo y el estatuto del peón rural.

Y esto último fue el colmo, aunque no exigía demasiado más que lo que los patrones de estancias de la pampa húmeda ya estaban pagando a sus peones. Pero fue la primera vez que el Estado pretendía actuar de mediador entre el patrón y el peón: éste tendría ahora un respaldo poderoso para defender un salario establecido por el Estado, el pago de horas extras o lo que sea. Parecía, a los ojos de los patrones, que se les terminaba el “feudalismo” paternalista al que estaban acostumbrados. Para más colmo, se decía que se venía una reforma agraria. Los estancieros chillaban como si les estuvieran metiendo un palo en el culo. La Sociedad Rural Argentina fue la primera enemiga mortal del coronel Perón, la primera en declararlo nazifascista y actuar en consecuencia. 

En las entregas de diciembre y siguientes, veremos lo que tuvieron que hacer los flamantes enemigos de Perón, cómo se fueron juntando, para sacarlo del gobierno primero, y enfrentarlo en elecciones después.