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LA CODICIA

En un mundo conducido por la avidez desmesurada de dinero, que no mide los costos sociales que provoca, ni el deterioro del medio ambiente, se impone la necesidad de un cambio profundo de valores.

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Por Ricardo Martín
Lic. en Economía - UBA
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A principios del siglo XX, Henry Ford comenzó la producción industrial en serie a gran escala, iniciando con ello una importante baja de costos de los procesos manufactureros, al tiempo que produjo un fuerte aumento de la remuneración de sus trabajadores, lo cual dio origen en Estados Unidos, a partir de entonces, a la generación de una creciente clase media, cuya capacidad de consumo, con el tiempo, posibilitó un desarrollo industrial capitalista que tuvo su apogeo a partir del fin de la segunda guerra mundial.

Fue la etapa que tan bien describe John K. Galbraith en “El nuevo estado industrial”, el capitalismo manejado por gerentes cuyo principal objetivo era el crecimiento de la empresa; con inversiones de riesgo que a veces tardaban años en generar la primer ganancia, y que forjaron el “American dream”, el sueño (norte) americano, de progreso social.

Esa etapa duró hasta que, a principios de los años 80 del siglo pasado, Ronald Reagan, apoyado en la teoría ofertista, inició un largo proceso de concentración de la riqueza, reduciendo fuertemente los impuestos a los ricos, bajo el pretexto de que, como éstos invierten más, se produce un mayor crecimiento económico, que luego “derrama” hacia toda la comunidad.

A view inside the Ford Motor Company factory with rows of new Model T motor cars. (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

Falso. El crecimiento subsiguiente fue menor que el del período anterior, y el derrame fue hacia arriba, que es hacia donde suele ir el dinero. Esa política, imitada en buena parte del mundo, produjo una fenomenal concentración de la riqueza, al par que la producción industrial se trasladó a Asia y a otras regiones, generándose a partir de entonces en occidente un capitalismo con absoluto predominio del capital financiero, cortoplacista como el que más, que en su angurria produciría diversas crisis, siendo la más profunda la que comenzó en 2008 en Estados Unidos. La concentración de la riqueza, y de los ingresos, que este capitalismo produce, es ya tan alta como en la “belle époque” europea (que también tuvo su correlato en Estados Unidos), de fines del siglo XIX y principios del XX, que llevó a la Gran Depresión que comenzó en 1929 y duró largos años.

Este capitalismo es descripto magistralmente por Thomas Piketty en su libro “El capital en el siglo XXI”, donde explica que la renta del capital (renta, es decir, lo que se obtiene del dinero sin hacer nada, sin producir, cobrando dividendos o intereses) es muy superior al crecimiento de la productividad de las economías occidentales desarrolladas, que suele representar el aumento máximo al que puede aspirar un trabajador. Eso significa que la brecha de ingresos, entre los ricos y el resto de la población, tiende a ser eternamente creciente, y por supuesto, lo mismo ocurre con la riqueza.

Protagonistas destacados, y grandes beneficiarios, de este capitalismo financiero son los que Joseph Stiglitz denomina “rent seekers”, los que buscan incrementar sus bienes sin agregar nada al producto social, simplemente apropiándose de la riqueza existente, creada por otros. Ejemplo perfecto de esto son los fondos buitre, pero también los CEOs de empresas con sueldos de muchos millones de dólares por año, o los capitalistas que usufructúan ganancias monopólicas o actividades financieras o especulativas altamente rentables, todos ellos con ingresos muy elevados que van mucho más allá de lo que puedan agregar sus tareas al producto social. Por supuesto, esas grandes fortunas fueron alcanzando un creciente poder político, que además de servir para incrementarlas mucho más, termina modelando la sociedad presente.

Es, en suma, un mundo conducido por LA CODICIA. Por la avidez desmesurada de dinero, sin medir los costos sociales que esa codicia provoca, ni el deterioro extremo del medio ambiente que acarrean métodos de producción diseñados por empresarios para los cuales el planeta no vale nada, porque no está en su inventario.

Para que esto cambie será necesario, creemos, un cambio profundo de valores.

Cambiará el día en que miremos a un súper-millonario, no con respeto y admiración, sino con desprecio, porque padece de una enfermedad que enferma a la sociedad toda.

“- La avidez sin límite es una tiranía…

…- Y tener más será como una salsa que me dará más hambre; y forjaré injustas peleas contra los buenos y leales, destruyéndolos para aumentar mi riqueza.”

Shakespeare- Macbeth.-