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HAY QUE DEJAR LA CASA Y EL SILLON

Vivimos tiempos trascendentales por su complejidad, pero fundamentalmente por sus riesgos. Debemos ponernos en movimiento para lograr que cada uno, cómo y dónde pueda, se sume a la lucha colectiva por el mundo que soñamos.

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Por Maxi Gonzalez
mgonzalez@revistaliberacion.com.ar
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Vivimos tiempos difíciles, algunos dirán que como siempre en estas tierras, algo que no deja de ser cierto, pero no por eso del todo exacto. Los tiempos que vivimos son trascendentales por su complejidad pero fundamentalmente por sus riesgos. El desconocimiento de esta realidad, la inacción o la desidia, serán cómplices ideales en contra de los intereses objetivos de las mayorías populares.

Hablo de tiempos trascendentales en el sentido de lo que ese gran pensador que fue Antonio Gramsci, denominó el “interregno”, un momento en el que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Es en esos momentos en donde emergen los peores demonios, justamente en defensa de un sistema que solo ha conseguido dar frustraciones y dolor a las mayorías populares. ¿Acaso el fortalecimiento de estas derechas (las de siempre y las radicalizadas) y sus proyectos neoliberales, en Argentina y en el mundo, no vienen a eso, a defender con sus garras esas ideas conservadoras que se resisten a morir?, ¿Acaso la irrupción en estos tiempos del antisemitismo, de la xenofobia, de la misoginia, no representan esos demonios desesperados en mantener un orden que solamente con violencia y represión puede lograr imponer?

Los días más oscuros siempre comenzaron con señales que la mayoría se empeñó en no ver o en no querer ver. Después fue demasiado tarde.

Hablo de tiempos trascendentales porque es el momento en donde es la militancia, entendida como corriente de ideas y acciones políticas organizadas, la que debe ponerse al frente, en cada espacio, en cada territorio, con el objetivo de luchar por las transformaciones necesarias, por la justicia social y para que ese mundo emerja. “Las trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”, diría otro enorme pensador, José Martí.

Esa batalla por la construcción del sentido debe ser dada en cada rincón, en cada barrio, mateada, sindicato, asociación, en cada fábrica, en cada asado. Es el momento de dejar la casa y el sillón. Es momento de que esa lucha se de desde la acción, desde el pensamiento, desde el arte, desde la comunicación, desde el barrio, desde cada casa.

Es Gramsci también el que da otra clave: el poder real es quien impone la hegemonía, es quien construye el sentido común reproduciendo su patrón de dominación a través de la cultura y con herramientas como la educación o los medios de comunicación. Hegemonía viene del griego eghesthai que significa conducir, ser guía, ser jefe, comandar, gobernar. Sin esa batalla cultural por la construcción de sentido, de hegemonía, las victorias políticas (no las electorales) de los campos nacionales y populares estarán siempre expuestas a la desestabilización y si bien es cierta la famosa correlación de fuerzas, también es cierto que sin el conflicto que debe darse para modificarla, el panorama es aciago.

“Debo dejar la casa y el sillón, La madre vive hasta que muere el sol, y hay que quemar el cielo si es preciso, por vivir, por cualquier hombre del mundo, por cualquier casa.”

Los poetas tiene el don de hacer eternas sus palabras, en “La era está pariendo un corazón”, Silvio hablaba del internacionalismo de los años 60, pero en estos tiempos difíciles y trascendentales que vivimos, nada mejor que volver a hacer resonar su poesía, para ponernos en movimiento, y para lograr que cada uno, cómo y dónde pueda, en una construcción colectiva, se sume a la lucha por el mundo que soñamos.