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EVOLUCIONAR O DESAPARECER, ESA ES LA CUESTIÓN

La sociedad necesitó de puntos de inflexión para plantearse cambios. El desafío hoy es debatir para seguir construyendo una sociedad con instituciones capaces de adaptarse a las transformaciones y evolucionar.

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Por María Victoria Cerdan
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“Ser o no ser, esa es la cuestión”, así comienza el discurso pronunciado por el príncipe Hamlet en la famosa obra de William Shakespeare, un gran clásico de la literatura universal que nos plantea una profunda disyuntiva entre existir o no existir, vivir o morir, estar o no estar.

El dramaturgo inglés, hace más de 400 años, nos presenta un amplio cuestionamiento existencial que va más allá de la vida o la muerte, ya que se trata de una pregunta sobre la propia existencia humana, sobre actuar, tomar medidas, posicionarse delante de los acontecimientos, asumir riesgos, evolucionar.

En este sentido, siempre la sociedad necesitó de puntos de inflexión que la llevó a plantearse los cambios necesarios para evolucionar de un modo de vida a otro. Podemos señalar, por ejemplo, a las guerras mundiales que dividieron el mundo en dos bloques con modelos sociales, políticos y económicos opuestos: capitalismo y comunismo.

Otro punto de inflexión en la historia de la humanidad es la aparición del Internet, que vino a modificar la manera de difundir conocimientos, noticias y todo lo que se pudiera imaginar, sin respetar fronteras ni sistemas de gobierno, con una penetración invisible. En este nuevo mundo ya no bastaban las armas ni los dogmas impuestos por líderes mesiánicos que con largos discursos lograban cautivar a la sociedad, ahora todo era cuestionable o verificable casi de manera instantánea, todo era googleable. Nuevamente, había que evolucionar para no desaparecer.

Y así como un día llegó el internet para revolucionar el mundo, hace dos años o un poco más apareció un nuevo virus que rápidamente se expandió a toda la humanidad sin emplear bombas, armas o poderosas flotas de misiles, sino que nos usó a nosotros mismos como transporte, colocándonos así en una situación de máxima vulnerabilidad, volviéndonos a todos igual de débiles frente a algo que ni siquiera podíamos ver o comprender.

El llamado “enemigo invisible” nos expuso a la vida o la muerte, sin discriminación alguna por raza, religión, condición socioeconómica o postura política, presentándose como un nuevo desafío, que si bien parece que está controlado gracias a las vacunas que se desarrollaron y a los hábitos sociales que se tomaron, no debemos dejar de prestar atención que estamos ante un nuevo punto de inflexión donde, una vez más, debemos plantearnos la necesidad de evolucionar para no desaparecer.

No podemos seguir con estructuras sociales y políticas rígidas que demostraron ser inapropiadas para adaptarse a todos los cambios que, en poco tiempo, el mundo debió precariamente realizar, a tal punto que debimos confinarnos en nuestro hogares para así ganar tiempo y ver qué se podía hacer frente a algo que no se sabía muy bien qué era o cómo atacaría. Por eso, es necesario replantearnos la forma de organización mundial para no caer nuevamente débiles ante un ataque que no reconoce nada más que la constante mutación.

Así, la agenda mundial que ya se encontraba tratando temas que eran inimaginables como la igualdad de género y el cuidado del medio ambiente, tuvo que incorporar rápidamente los desafíos que la pandemia del Covid 19 trajo aparejado.

En este contexto, las organizaciones que no se adapten no van a poder sobrevivir al nuevo orden mundial que se presenta. Por mencionar algunos ejemplos, la política deberá debatir cómo adaptarse y recuperar su verdadero fin que es el bien común y no el beneficio individual de unos pocos, el sindicalismo deberá abrir sus organizaciones a las nuevas metodologías de trabajo, donde la presencialidad es reemplazada en gran medida por la virtualidad, así como también se deberán buscar nuevas formas de hacer oír los reclamos, ya que las luchas a través de marchas y huelgas demostraron ser poco útiles en tiempo de pandemia.

La sociedad, por su parte, deberá recuperar un valor que se había dejado de lado: la solidaridad. Pero no como una moda o forma de mostrarse en las redes como buena persona y así atraer más seguidores, sino entendiendo que formamos parte de una comunidad en donde la única manera de crecer individualmente es cuando la comunidad en su conjunto se desarrolla a la par. Entender que de esta salimos todos o no sale nadie, de la misma manera en que los que más tienen tuvieron que comprender que no bastaba con vacunarse solo ellos y dejar a los demás indefensos, sino que para ganar al virus era necesario compartir sus avances y recursos con todo el mundo.

Para terminar, así como las guerras y el internet significaron puntos de inflexión, la pandemia se presenta también como una nueva oportunidad para evolucionar o desaparecer. El desafío hoy está en nosotros, que como jóvenes, guiados por la experiencia de nuestros mayores, debemos plantear los debates necesarios para seguir construyendo una sociedad con instituciones que sean capaces de adaptarse al cambio y evolucionar, porque como ya lo dijo Heráclito hace más de 2.500 años “lo único constante es el cambio”.-