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Episodios de una lucha prolongada

La madre de la UCR

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Por Alfredo Vara
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Con Yrigoyen en la noche del 3 al 4 de febrero de 1905 y encabezada por una Junta Revolucionaria, comenzó la sublevación: el movimiento cívico-militar estalla en la Capital, Bahía Blanca, Rosario, Córdoba y Mendoza.

El movimiento político que desde 1891 iba a llamarse Unión Cívica Radical y que en el 90 había protagonizado la Revolución del Parque de Artillería, inició desde entonces una larga lucha que iba a poner al primer radical: Hipólito Yrigoyen, en el cargo de presidente de la república, recién en 1916.

En ese largo período pasó de todo. Felix Luna, en su libro “Yrigoyen”, lo divide en tres etapas. En 1891 hubo elecciones en la Capital Federal: triunfó la Unión Cívica y Alem y del Valle se convirtieron en senadores. Entonces, con el sabor del triunfo, Mitre vino de Europa, donde estuvo casi un año y ausente del Parque, para convertirse en cabeza de la fórmula Mitre – Bernardo de Irigoyen. Pero casi de inmediato lo visitó Roca, que le ofreció que fuera cabeza de una fórmula única, junto a un amigo del viejo zorro un tal Uriburu. Mitre aceptó, desconociendo a Alem y a la Convención Nacional del partido y dejando fuera de juego a Bernardo de Irigoyen. El resultado fue que la Unión Cívica se partiera en dos: la Unión Cívica Nacional, que siguió a Mitre y la Unión Cívica Radical de Alem, que se negó a cualquier acuerdo con los conservadores. Ese negarse se conoció como la “intransigencia” y fue la madre de la UCR: duraría 26 años.

El Presidente Pellegrini complementó la jugada de Roca metiendo presa a la plana mayor del radicalismo recién nacido, con el argumento de que preparaban una revolución. En el invierno de 1893 el radicalismo, cerrado el camino a los comicios limpios, se convirtió nomás en revolucionario: hubo estallidos en San Luis, al día siguiente en Santa Fe y el 31 de julio en casi todas las comunas de la provincia de Buenos Aires. Esta última fue encabezada y organizada por el presidente del comité radical de la provincia, el joven Hipólito Yrigoyen, sobrino de Alem. En agosto hubo revolución en Corrientes y Alem fue proclamado “presidente provisional” en Rosario. Roca fue el encargado de reprimir y lo hizo: otra vez Alem preso, también su sobrino Hipólito.

Fotografía de Leandro N. Alem hacia 1890. Archivo General de la Nación.

El ímpetu revolucionario pareció decaer, pero los candidatos radicales ganaban, a pesar de fraudes varios, en las elecciones de Capital Federal y Buenos Aires (1894). De pronto, noqueando a sus propios partidarios, Alem se suicidó (1896), convencido de que el resto de su vida sería inútil, no sin recomendar en su carta de despedida: “¡adelante los que sigan!”. El que siguió fue Yrigoyen: organizó y puso de pie al partido y mantuvo la intransigencia: nada con los conservadores. Bernardo de Irigoyen, candidato puesto a la muerte de Alem, accedió a un acuerdo con Roca haciendo un pacto con los mitristas, se llamó “las paralelas”. Yrigoyen se negó, aunque le sugirieron que él podía ser gobernador de la provincia. Don Bernardo, ya viejo, aceptó lo que Hipólito rechazó e, impedido de gobernar por sus socios conservadores, se convirtió en un cadáver político.

Lisandro de la Torre era por entonces radical y se ofendió con Yrigoyen por no aceptar “las paralelas”. Eran una treta mitrista: el partido de Mitre y el Radical irían a elecciones con listas separadas pero con los mismos candidatos en una y en otra: don Bernardo aceptó y así le fue, Yrigoyen las rechazó y acertó. Abreviando: el asunto terminó con un célebre duelo a sable que se resolvió en 40 segundos con dos hachazos que le metió en cara y cráneo Hipólito a Lisandro y un planazo en la cintura de este a aquel. Nunca más se reconciliaron, de la Torre renunció y formó su propio partido, el demócrata progresista.

Yrigoyen siguió con la intransigencia y le agregó un nuevo recurso: la abstención, que significó en la práctica la denuncia sistemática de todas las componendas conservadoras que venían hartando al país, así como ocultar su verdadero poder de convocatoria popular. Es oportuno recordar que en las elecciones de aquellos tiempos sólo votaba el 9% de los varones adultos y no lo hacían ni las mujeres ni los extranjeros inmigrantes que eran casi la mitad de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. Y que las artimañas del fraude estaban en su edad de oro.

Mientras tanto, entre 1900-1910, los anarquistas y los socialistas jaqueaban a los gobiernos conservadores con huelgas a cada paso. Y la historia continuará: en 1905 el radicalismo incendia la Argentina de revoluciones: San Luis, Tucumán, Córdoba, Santa Fé y la provincia de Buenos Aires se levantan en armas y toman gobernaciones. Pellegrini y Roca se encargan de sofocarlas a tiros. Fue la última revolución armada radical de esa época.

A partir de allí se inicia la última etapa que consigna Felix Luna: la abstención, que era la forma extrema de la intransigencia radical a pactar de ningún modo con los conservadores. ¿Cómo hizo Yrigoyen para mantener a su partido en esa posición durante 11 años? Hasta en vísperas de 1916, ya votada la ley Saenz Peña, don Hipólito se negó a aceptar dos ministerios para su partido. Es que, para ese entonces, era, para sus partidarios y para gran parte del país, una especie de prócer vivo.•

Próxima entrega: “El mundo del trabajo asalariado: las luchas obreras”