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EL SEÑOR DE LAS MOSCAS

Estamos en instancias de ser perseguidos por la violencia y la intolerancia, en un contexto incendiario, de enojo con la clase gobernante. Hay que mirar el fondo y no las formas que determinan la bronca. Probablemente allí seremos rescatados por la mesura.

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Por Patricio Nicolás Sabadini (*)
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W. Golding edita en 1954 una novela que bien podría presentarse en los claustros universitarios de filosofía, ciencia política y hasta de psicología, como material relevante para estudio de los alumnos. “El Señor de las Moscas” expone cómo un grupo de estudiantes ingleses, luego de la caída del avión en una isla desierta, trata de sobrevivir sin reglas y sin el cuidado de un adulto, dado que el piloto muere en el siniestro. Los jóvenes deben convivir sin guía y sin normas ante diferentes situaciones que exponen el lado más salvaje de alguno de ellos, conviviendo con otros más mesurados, lo que culmina en diferentes escenarios de caos, puja de poder y en estado de naturaleza hobbesiano de muerte violenta que se irá manifestando con el correr de los días.

Son varios los puntos relevantes que se suscitan a lo largo de la novela. La búsqueda de liderazgo, reglas democráticas en las que se vota a un líder, donde el que pierde se levanta -por resentimiento- de modo violento, socavando el liderazgo del joven que parecía ser más racional, llegando a ser perseguido para dársele muerte. Un regreso al estado de naturaleza primitivo, escenario similar al caso de exploradores de cavernas de Lon Fuller de 1949. Esta naturalización de la violencia se advierte a lo largo de toda la obra.

Algo de esto se percibe en la actualidad. El descontento social visiblemente crispado por la situación económica altera el humor de la masa y reconfigura las reglas de la democracia, mostrándola vulnerable. La discusión política es netamente reaccionaria. Al debate reaccionario se le suma un discurso intolerante y autoritario solo con la finalidad de desprestigio de la clase política y sin proponer cómo mejorarla. Cuando todos pensamos que la democracia en algún momento serviría como límite, un pasar de página a una historia negra de nuestro país, es a través de ella como hoy podría darse cauce a discursos intolerantes. La cuestión no es lo que se dice, sino como se lo dice. Al discurso reaccionario incluso se lo adorna con rock, rebeldía, palabras y modos de cooptar masa joven antisistema, antivacuna, antitodo. Figuras de la no política que cuestionan al sistema político, buscando pasaje de pertenencia al mismo. Vaya contradicción. A lo que se suma sin dudas un discurso vacío, sin un proyecto claro, pues pensar en un no sistema de reglas, disciplina, solo en la aventura de la oposición pura, a la barbarie la tendremos a la vuelta de la esquina.

BUSCANDO UN PADRE O MADRE (REBELDES).

Aun consciente de esta paradoja, las democracias occidentales siguen en estado de alerta. Parte de la masa sigue en la búsqueda de ese líder mesiánico que reemplace al que está y modifique todo, como modo de catalizar el humor social. Es previsible que en un mundo pandémico, el confinamiento y los cambios vertiginosos que trajo aparejado en el marco de la tecnología, acortaron caminos en los nuevos vínculos y formas de la vida cotidiana, cobrando mayor relevancia la individualidad en los contactos interpersonales, pero la comunicación colectiva, en clave de red. En muchos casos el trabajo en casa, a excepción de los grandes guerreros en el campo de batalla en el sector de la salud, permitió solidificar la interacción en la red.

PACIENCIA CERO

A medida que crece el descontento social con el sistema político y económico, menor es el margen de tolerancia y, por lo tanto, inevitable que esto decante en un no aceptar un escenario en que los resultados de siembra de un plan en el que probablemente no estaremos vivos para usufructuarlo. No estamos preparados como sociedad para trabajar en un proyecto que se extienda a largo plazo -a veinte o treinta años- pues las necesidades sociales requieren atenciones inmediatas, conspirando contra aquella idea. Al mismo tiempo, el hartazgo fecunda la construcción de líderes mesiánicos donde, por requerimientos de soluciones inmediatas, la racionalidad en la elaboración de un objetivo queda a un lado para pasar a discursos autoritarios y antisistema. Parte de la sociedad se ve reflejada en el fondo y en la forma de estos discursos. Ya no es una cuestión de izquierdas o derechas (algo cuyo límite se fue desdibujando desde la caída del muro). El enojo con la clase política -y como parte del gobierno de la polis, lo que se denomina “justicia”- es el combustible del que se aprovechan estas figuras de la neopolítica que se van gestando. La neopolítica, capta esas emociones de la ciudadanía que, al no tener empatía con la clase política, crecen justamente porque el discurso es de aborrecimiento de lo político.

Un límite, aunque momentáneo, es una cuestión de legitimidad. Legitimidad en cuanto a atomización de los partidos políticos, tal como ocurrió en países cercanos, como Chile, Perú y Ecuador, en el que el partido gobernante no llega al 30 o 40% de caudal de voto como para lograr una mayoría que garantice estabilidad. Esto podría servir como contrapeso a la hora de la discusión política. Un gobierno sin consenso mínimo parlamentario no sería viable, lo que obligaría a la necesaria búsqueda de interacción democrática.

El enojo social es bien canalizado por figuras que desfilan en mass media, con excelente manejo de las redes que con excesivo histrionismo, se presentan como la solución antisistema, desconociendo que forman parte de él, muchos de ellos percibiendo salarios del sistema que critican. Parte de la sociedad se ve identificada con estas figuras pues muchos de ellos se expresan poco solemnes, irritables, políticamente incorrectos, personificando caos y alarma. Esto se retroalimenta con nuestro patrón cultural. Estamos en la permanente búsqueda de un salvador, de un mesías. Necesitamos apoyar nuestras esperanzas en un salvador, en un terreno poco fértil en lo político, debido a la disgregación de los partidos. Ya la historia nos ha demostrado el peligro de los mesianismos populistas. Populismo de derecha e izquierda, porque pareciera ser solo éste último mala palabra. Cuando se menciona una palabra tan ambigua como libertad o libertario, al mismo tiempo esconde su propia contradicción, ya que ahí donde se apoyan modelos libertarios en lo económico, según constancias del pasado, culmina en modelos de concentración económica y exclusión. Es allí donde el sistema debe recurrir a medidas reaccionarias contra la población, donde precisamente la palabra libertad se pone en peligro. El discurso antisistema, antiEstado dentro del sistema, además despierta terreno virgen para otras formas paraestatales. Como bien lo manifestara un magistrado hace unas horas, la narcocriminalidad ha crecido tan exponencialmente que, en algunos sectores del país, ya están compitiendo con el mismísimo Estado, en el control territorial y ayuda a sectores vulnerables. Sí, seguridad y desarrollo social narco, algo que como una suerte de deja vu, nos llevaría a Colombia de los años ochenta y noventa en caso de no detenerse.

PÉRDIDA DE CAPACIDAD DE ESPANTO

Los sucesos trágicos de los últimos años, llámese confinamiento, internaciones, fallecimientos de seres queridos, pérdida del trabajo, inflación acelerada -incluso a escala global- significaron una serie concatenada de tragedias compaginadas una detrás de otra. Es como esa sensación de que todo ello va formando parte de lo cotidiano. Nos estamos acostumbrando al caos, lo que indudablemente repercute no solo en el modo de ver las cosas sino en cómo reaccionamos ante la tragedia. Vamos perdiendo la capacidad de espanto. Los sucesos traumáticos y la velocidad del mundo en el que vivimos no permiten darnos el tiempo para metabolizar el sufrimiento, ya que llega otro que lo tapa o se le coloca al lado. Ya es lejano el momento del primer fallecido de la pandemia, lejano el primer misil en tierras ucranianas, o el impacto de un fiscal asesinado por el crimen organizado. Lentamente nos hacemos menos sensibles, algo que dista de lo que Arendt mencionaría como banalidad del mal, pero que se acerca desde binoculares.

Volviendo al relato de Golding, y con un poco de spoiler, el joven racional y primer líder del grupo es asediado, perseguido con la finalidad de dársele muerte, por el joven violento y salvaje que había desafiado su liderazgo, logrando cooptar al resto. Cuando, a punto de perder la vida, logra ser rescatado por un oficial de la marina que acudió por el humo que se percibía a lo lejos, ya que los violentos habían generado un gran incendio en la isla para lograr dar con el perseguido. Quizás estemos en instancias de ser perseguidos por la violencia y la intolerancia, en un contexto incendiario de enojo con la clase gobernante. Pero es en esta situación donde hay que hacer hincapié en el fondo y no en las formas que determinan nuestro enojo. Probablemente allí seremos rescatados por la mesura.-

(*) Docente universitario UCP

Fiscal Federal de Resistencia