Volver a la tapa

EDITORIAL

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Por Revista Liberación

“Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino.» Fueron las últimas palabras que se le escucharon a Perón en público, el 12 de junio de 1974, desde SU BALCON al pueblo movilizado, instituido como único heredero, en la histórica Plaza de Mayo que el General dejó como patrimonio de la humanidad a “las Madres” que serán sus eternas dueñas.

Días después el 1 de julio, dijeron las crónicas de la hora, Perón “pasó definitivamente a la inmortalidad”. Ya era inmortal antes, desde aquellos días de “la vida por Perón” o de “Perón o muerte viva la Patria”. Aunque no lo firmó, con el tiempo se supo que Rodolfo Walsh, había sido quien escribió la tapa del diario Noticias que dio cuenta de la muerte de Juan Domingo Perón. Son apenas 305 caracteres, ocho líneas de texto a 40 espacios. Para el título hicieron falta apenas cinco caracteres: DOLOR, tituló Walsh. Y seguidamente:

“El general Perón, figura central de la política argentina en los últimos treinta años, murió ayer a las 13:15. En la conciencia de millones de hombres y mujeres, la noticia tardará en volverse tolerable. Más allá del fragor de la lucha política que lo envolvió, la Argentina llora a un líder excepcional”.

Pero ya antes los argentinos habíamos sentido el DOLOR inmenso de perder a Evita, sus palabras fueron proféticas “(…) Yo no quise ni quiero nada para mí. Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo, y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”.

“(…) Y les pido una sola cosa: estoy segura que pronto estaré con ustedes, pero si no llegara a estarlo por mi salud, ayuden a Perón, sigan fieles a Perón como hasta ahora, porque eso es estar con la Patria y con ustedes mismos”.

Las palabras de Perón y de Evita permiten conocer dos imprescindibles, pero también hallar una identidad, un imaginario, un destino. Sus discursos marcaron sus vidas y la de todos los argentinos, tanto como sus obras. Ecos que aún resuenan después de tantos años y que dejaron a un país triste, silencioso y mudo. El oficio de la palabra /más allá de la pequeña miseria / y la pequeña ternura de designar esto o aquello, / es un acto de amor: / crear presencia”, escribió Roberto Juarroz en su “Poesía vertical”.

Perón y Eva corrieron el velo que invisibilizaba a trabajadores, mujeres, campesinos y marginados. Crearon una identidad, un imaginario, una utopía que terminó por trascender al peronismo.

John W. Cooke en un fragmento de una carta escrita al general, decía casi proféticamente: “Cuando Perón no esté, ¿qué significará ser peronista? Cada uno dará su respuesta propia, y esas respuestas no nos unirán, sino que nos separarán”.

Los pronósticos de Cooke estallan trágicamente en la realidad y nuestro presente. Sucedieron infinidad de hechos en la Argentina. Desde la muerte de Eva varios períodos infames, con bombardeos, persecuciones, fusilamientos, quita de derechos que continuaron después de muerto Perón en el Terrorismo de Estado de 1976 a 1983, con saldos aún más fatales desapariciones, homicidios, torturas, vejámenes y cuanto agravio podamos imaginar, venían a terminar con todo lo conseguido por el Peronismo destruyendo industrias e infraestructuras, acumularían deudas colosales con el extranjero y enajenarían el patrimonio nacional, sumiendo a los argentinos en la pobreza y en la indigencia, demoliendo la cultura del trabajo y de la solidaridad gestada durante el peronismo para sustituirla por una nueva subcultura del pesimismo social y el individualismo.

La democracia conseguida con las luchas populares, con los trabajadores en las calles y el repudio popular por la infamia Malvinista, no alcanza para defender “el único interés el del pueblo”, es débil en poder y convicciones, la siembra civil de la dictadura continúa con los lineamientos del Proceso, los intentos Alfonsinistas fueron inútiles, él mismo lo decía “no resistía una tapa de Clarín”. Durante la década de 1990, políticas vergonzantes, aciagas y dolorosas.

En nombre de Perón se cometieron traiciones, claudicaciones y se contrariaron todos y cada uno de los intereses de los sectores que históricamente representó. Citando su identidad, y de la mano de los operadores de la factoría, el país ingresó con más penas que glorias a mantener “relaciones carnales” con un imperio decadente.

Con un país arrasado, desde el subsuelo de la patria y en los más recónditos rincones del pueblo, permaneció encendida la llama del pensamiento de Perón y Evita, ya que no hizo falta sino la voluntad de soplarla, un poco de aire para sublevar nuevamente el fuego del peronismo. Eran vientos del sur.-