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DOS SIGLOS DE ECONOMÍA ARGENTINA

Desde la independencia y hasta la actualidad, el país tuvo diferentes momentos que demuestran que nuestra economía no fue siempre así. Tuvimos un liderazgo económico indiscutible en Latinoamérica hasta que pasaron cosas.

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Por Ricardo Martín (*)
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En 1816, nuestro país declaraba su independencia, reivindicando un extenso territorio que hoy es el octavo del mundo en superficie, entre casi 200 países. En pocos años habría de derrotar al colonialismo español, iniciando así un proceso de consolidación nacional que, desde el punto de vista económico, podemos dividir de manera muy simplificada en cinco grandes etapas.

La primera llega hasta 1880, con un crecimiento moderado pero sostenido del PIB por habitante, que en el lapso 1820-1880 promedió un 0,8% anual (según OWD, Our World in Data), basado principalmente en la explotación agropecuaria de las tierras que la nueva nación iba tomando bajo su control, en permanente lucha con los pueblos aborígenes.

La segunda etapa (1880-1913) es de un crecimiento vigoroso del producto per cápita (2,6% promedio anual, según OWD), debido a la expansión de la frontera agropecuaria con tierras arrebatadas a los pueblos originarios a partir de la llamada Conquista del Desierto, iniciada en 1879. Este es un período de fuerte crecimiento de la población basado en una importante corriente migratoria, y de enorme pujanza económica, con gran aumento de la producción y la riqueza, aunque ésta se distribuye muy desigualmente, reflejo de la desigual distribución de la tierra. La Argentina era vista como una potencia económica mundial.

Pero todo crecimiento basado en la incorporación de territorios se agota cuando ya no quedan tierras para agregar, a menos que se inicie un proceso de desarrollo industrial, lo que no sucedió por estas pampas; de modo que hacia 1913 comenzó una tercera etapa, de fuerte estancamiento, que duró hasta 1933: el PIB por habitante de 1935 era igual al de 1912.

En 1933 comienza una cuarta etapa, de crecimiento sostenido a partir de la industria, que durará hasta mediados de los años 70. Al principio ese crecimiento se basa en la extracción y refinación de petróleo, en la sustitución de importaciones y en la industria liviana, pero luego el país incorpora el desarrollo de industrias básicas. Para mediados de la década de 1970 Argentina tenía, además de las más antiguas industrias alimentaria y textil, siderúrgica, de extracción y refinación de petróleo, petroquímica, aeronáutica, naval, ferroviaria, automotriz, metalmecánica, de productos plásticos, etc., casi todas ellas bastante escasas entonces en los restantes países latinoamericanos. En 1978 entró en producción la planta de aluminio de Puerto Madryn, que había sido planificada casi 10 años antes, durante los cuales se construyó la central hidroeléctrica (Futaleufú) que la abastece.

En 1974, nuestro país inauguró en Atucha la primera central de energía eléctrica nuclear de Latinoamérica, con científicos y técnicos argentinos interviniendo decisivamente en todo el ciclo de planificación, construcción y puesta en marcha, y completamente a cargo de su operación. Con una situación política inestable, con una economía azotada por frecuentes crisis, alta inflación y una fuerte puja distributiva, crecimos, entre 1932 y 1975, a un promedio del 2% anual por habitante (según OWD), una tasa medianamente alta, que permitía a vastas mayorías una expectativa de progreso. Argentina había alcanzado un nivel que la convertía en líder absoluta en América Latina; su distribución del ingreso era de las más igualitarias del subcontinente, y la palabra inseguridad no figuraba en las noticias. Un ejemplo de lo que los latinoamericanos podemos hacer. Un “mal ejemplo” para la hegemonía mundial norteamericana y europea de entonces.

La quinta etapa es inaugurada en 1976, a sangre y fuego, por la dictadura militar, y sus efectos económicos se prolongan hasta hoy. Entre 1975 y 2019, Argentina creció, según el Banco Mundial, al 0,56% anual por habitante, la cuarta parte del crecimiento del período anterior. En el mismo lapso, Brasil creció el doble (1,12%), igual que el promedio de Latinoamérica y el Caribe. Uruguay casi cuatro veces más (2.02%), Cuba más aún, al 2,2%, y Chile al 3,1%. ¿Qué nos pasó? ¿Cómo un país con muchos problemas, pero pujante, realmente en vías de desarrollo, puede interrumpir su progreso para venirse abajo de tal modo? Un estado terrorista fue el medio indispensable para forzar a la sociedad a aceptar semejante retroceso. Y las teorías impuestas desde los centros del poder mundial dieron el necesario marco ideológico: la escuela de Chicago, el Consenso de Washington, las teorías neoliberales, repetidas hasta el hastío por los medios hegemónicos y por los obsecuentes economistas que fatigan las pantallas de televisión. Eso nos pasó. La colonización de las mentes, de gobernantes y gobernados. Con el auspicio de una mediocre élite dominante que quiere un país pequeño, porque no le daría el cuero para sostener su poder en una nación desarrollada.

El retroceso lo protagonizaron claramente, en esta etapa histórica, tres fases neoliberales: la primera fue la dictadura militar (1976-1983), que desarmó la capacidad de intervención del Estado en la economía, debilitó la ciencia y tecnología nacionales, y llevó adelante una apertura económica indiscriminada con tipo de cambio bajo y decreciente, que devastó nuestra industria y pulverizó el empleo y los salarios, achicando el mercado interno y diezmando un entramado bastante desarrollado de pequeñas y medianas empresas industriales, comerciales y de servicios, al par que generó un enorme endeudamiento externo que habría de someternos al Fondo Monetario Internacional. La tasa de crecimiento de ese período (siempre según el Banco Mundial) fue negativa (-0,7%, promedio anual por habitante). A este gobierno nefasto lo siguió uno democrático pero débil, que no pudo resolver en nada el descalabro económico heredado, y fue continuado luego por la segunda oleada neoliberal, entre 1991 y 2001: otra vez, apertura indiscriminada con tipo de cambio bajo y decreciente, y caída del salario y del empleo, más descapitalización y desarme del Estado, extranjerización de empresas, destrucción de la industria y la ciencia y tecnología nacionales, y endeudamiento externo descomunal. Todo ello desembocó en la explosión de la Convertibilidad y default en diciembre de 2001, dando lugar a partir de 2003 a doce años y medio de gobierno de Néstor y Cristina, que recuperó parte de lo perdido, en ciencia y tecnología, educación, industria, etc., creciendo a un promedio anual por habitante del 3,4% entre 2003 y 2015, pero con una tasa fuertemente descendente: a tasas chinas, 7,6% anual promedio per cápita en los primeros 5 años (2003 A 2007 inclusive), al 2,4% en los 4 años siguientes, y al -0,7% (negativo), en el último período, entre 2011 y 2015. Los errores de política económica de los últimos años llevaron a este gobierno a perder la elección frente a una derecha con muy hábil propaganda, dando lugar así a la tercera fase neoliberal, con las mismas políticas que las 2 anteriores, sólo que esta vez el tipo de cambio no fue tan bajo, pero sí muy volátil, y por ello profundamente destructivo, del salario, de la moneda, y de la economía. Entre 2015 y 2019 el PIB por habitante cayó un 7,8%, a una tasa promedio del 2% anual: un derrumbe estrepitoso. Otra vez crece muy fuerte la deuda externa –e interna-, que nuevamente resultan impagables. No aprendimos como país: tres veces, en 40 años, nos pasó lo mismo.

El gobierno siguiente, el actual, no tuvo la capacidad de revertir esa situación, pandemia mediante, y sus errores de política económica, similares a los del período 2008-2015, impiden una recuperación vigorosa y continua.

Pero Argentina, al igual que la Europa destruida por la guerra, puede salir de este nuevo estancamiento, como lo hizo después de la mega crisis de 2001. Es rica no sólo en recursos naturales: tiene recursos humanos de calidad, tiene científicos y técnicos de primer nivel, tiene historia industrial, y empresarios y trabajadores calificados para volver a crecer con fuerza. Tiene, también, sistemas de educación y de salud que a pesar de sus debilidades son una buena base para elevarlos al nivel de calidad necesario para que una sociedad democrática genere la indispensable igualdad de oportunidades. Sólo requiere un compromiso firme y amplio de no volver nunca más al neoliberalismo ni a las escuelas económicas importadas. Necesita un desarrollo autónomo de los centros de poder mundial, con coraje político, integridad e inteligencia. Y necesita, sobre todo, comprender qué es lo que en el capitalismo funciona bien, para respetarlo, y qué es lo mucho que funciona mal, para corregirlo y regularlo desde un Estado fuerte, con capacidad de gestión e independiencia del capital, que tenemos que construir. –