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“CON UNA BUENA COSECHA NOS SALVAMOS TODOS”

El mito de que nuestro país puede alcanzar prosperidad en base a la producción primaria, que genera poco empleo y en su mayoría de baja calidad, tiene cierta base real pero atrasa unos cien años.

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Por Ricardo Martín (*)
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En el final de la película Plata Dulce, Julio de Grazia pronuncia esta frase, que coincide con las promesas de un venturoso futuro económico que cada tanto emite la derecha vernácula, suponiendo que ese futuro llegará de la mano de la producción agropecuaria y minera, y del petróleo de Vaca Muerta. Es la expresión de una mentalidad extractivista, que desdeña la producción industrial, tecnológica y del conocimiento, porque pretende inscribir a nuestro país en el ya anciano modelo de división internacional del trabajo, como productor de materias primas e importador de todo lo demás. La expresión citada, que cuando se estrenó ese film (en 1982) atrasaba unos 60 años, hoy atrasa cien. La película tuvo la virtud de contraponer un modelo productivo a la timba financiera que caracterizó la política económica de Martínez de Hoz y el proceso militar, pero eligió como ejemplo un modelo que, a la Argentina, ya no le sirve.

El mito de que nuestro país puede alcanzar prosperidad en base a la producción primaria tiene cierta base real: en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, la constante expansión de la frontera agropecuaria basada en la apropiación de tierras de cultivo antes controladas por aborígenes -más allá de las atrocidades que produjo-, sentó las bases de una economía pujante, con abundancia de reservas en moneda dura, que llevó al producto bruto del país a estar, a principios del siglo pasado, entre los diez mayores del mundo, y a su ingreso por habitante a un lugar más alto aún. Era la época en que los dueños de la tierra, pésimamente distribuida por estas latitudes, viajaban a Europa con la vaca para tener leche fresca, o construían en la pampa húmeda verdaderos palacios estilo europeo, con mármol de Carrara y lujo por doquier. Era también una sociedad plena de oportunidades, en la cual la enorme riqueza por habitante, aunque muy mal distribuida, permitía cierta estabilidad y generaba una imagen de país pujante y próspero, con un gran futuro.

El crecimiento basado en la expansión de la frontera agropecuaria se agotó hacia la segunda década del siglo pasado, cuando ya no se pudo incorporar más tierras; porque la tierra tiene la particularidad de ser finita, mientras que la población crece constantemente. Era el momento de volcar el enorme ahorro que se había acumulado hacia la industria y la tecnología, lo cual hubiera permitido continuar el proceso de crecimiento para transformarlo en desarrollo, es decir, en una economía diversificada que continuara incrementando su producto por habitante. Así lo hizo Estados Unidos, cuando la conquista del oeste se agotó debido también a la obstinada finitud de las tierras, por extensas que ellas sean. Pero nuestra burguesía terrateniente, acostumbrada a vivir de rentas y al “dolce far niente” (tan diferente de los esforzados colonos que ocuparon el oeste norteamericano), no tuvo esa vocación; de manera que el crecimiento de la población, contrastado con una producción prácticamente estancada, fue agotando la prosperidad, acarreando una frustración económica que a partir de 1930 tendría su correlato en inestabilidad política con el primer golpe militar, al cual le seguirían muchos otros hasta 1983.

Nuestro país se había estancado, en términos relativos. El peronismo de los años 40 y 50 inició un proceso de industrialización, pero éste fue abortado por el golpe de 1955, y no tuvo suficiente continuidad: llegamos, sí, a tener un desarrollo industrial destacado por sobre el resto de Latinoamérica, pero insuficiente para transformar a Argentina en un país desarrollado, con un desarrollo que ya no pudiera volver atrás. Y a partir de 1976 la dictadura cívico-militar produjo un muy fuerte retroceso de la industria, que más adelante fue profundizado por las políticas neoliberales de Menem-Cavallo, y más recientemente, de Macri. De ese modo, el país tuvo uno de los menores crecimientos por habitante de todo el continente americano, creciendo, según el Banco Mundial, entre 1975 y 2019, en términos per cápita y en dólares constantes, al 0,56% promedio anual, mientras América del Norte lo hizo al 1,78%, y Latinoamérica y el Caribe, al 1,10%. Brasil creció al doble que Argentina, 1.12%, Uruguay al 2.02%, y Cuba, por su parte, creció al 2,18% anual por habitante entre 1975 y 2018 (último dato), siempre según el Banco Mundial. Semejante diferencia en las tasas, en un período tan prolongado, hizo que la economía argentina, por habitante y en dólares constantes, haya crecido tan sólo un 28% en esos 44 años, mientras Brasil lo hizo en un 63%, Uruguay un 141% y Cuba un 152%.

La actividad primaria genera poco empleo, y en su mayoría, de baja calidad. Basta ver la triste situación de nuestros trabajadores rurales y de los mineros. Sólo la producción petrolera crea empleo de calidad, pero en muy escasa proporción en relación a su producto. Este país, basado en la actividad extractiva, sólo podría permitir un nivel de vida adecuado, conforme a nuestra historia y posibilidades, para poco más de la mitad de la población; el resto estaría condenado al desempleo o al empleo de baja calidad y a la pobreza.

Con una buena cosecha se salvan los dueños de la tierra, los pools de siembra y las grandes exportadoras (y sin ella también). Con la actividad minera y petrolera se salvan los dueños de esas corporaciones, casi todas extranjeras, y la mayor parte de esas ganancias se va al exterior. La mayoría del pueblo argentino sólo puede mejorar con el desarrollo industrial, tecnológico y de servicios con alto valor agregado, como el software, las consultorías especializadas, etc.

El modelo de división internacional del trabajo está agotado. Muchos países de Asia, en las últimas décadas, han logrado una mejora económica impresionante en base al desarrollo industrial y tecnológico, y con ella, han sacado de la pobreza a gran parte de su población, y algunos comienzan a ser, como China, interlocutores de peso en el concierto internacional. Algo que las potencias dominantes no quieren, pero que, en el caso de Asia, no han podido evitar. Un país mucho mejor es posible.-