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VIVIR Y MORIR BAJO EL IMPERIO DE LA FORESTAL

La firma inglesa dedicada a explotación extractiva de los bosques de quebracho fue dueña de la tierra y de la maquinaria, pero también de los pueblos, sus instituciones y hasta de la vida de los trabajadores.

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Por Alfredo Vara
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Supongamos que usted, en 1919, tenía 19 años, es decir que había nacido con el siglo. Era un joven inquieto, de nombre Juan Giovetti, odiaba a los empresarios ingleses y sus cómplices argentinos. Pero usted no se hizo un anarcosindicalista, usted se volvió periodista, trabajaba en el diario “Santa Fe” de Santa Fe, diario de mierda, conservador. En menos de un año, usted estaba harto; decidió ir a conocer por dentro lo que era una famosa empresa inglesa: La Forestal Ltda. que poseía 668 leguas cuadradas, o sea, más de 8 millones de hectáreas en el norte santafecino y parte de la gobernación del Chaco y la provincia de Santiago del Estero.

Cuando usted consiguió un puesto de empleado administrativo, en Villa Guillermina, ya sabía mucho sobre la famosa Cía. Ltda. Sabía que era la mayor empresa mundial de producción de tanino, que determinaba el precio internacional del producto, que sus dueños eran ingleses y alemanes, que nunca vinieron a conocer su fabuloso latifundio, pero mandaban sus gerentes, subgerente y contadores. La insólita extensión, que ocupaba el 12% del territorio de Santa Fe y que contaba con 400 km de vías férreas transitadas por trenes propiedad de la Forestal, albergaba en su interior cinco ciudades de alrededor de 10000 habitantes c/u, comenzando por Villa Guillermina y Villa Ana. Embarcaba rollizos de quebracho y toneladas de tanino desde el puerto de Santa Fe, construido especialmente para ella, con destino a Europa y EEUU.

Usted se encontró viviendo en “la casa de los solteros” sin pagar alquiler y disfrutando de agua corriente y luz eléctrica, que tampoco pagaba. Pero nada de eso era suyo: si perdía su puesto, perdía todo eso y más, se tenía que ir de los dominios de la Compañía, porque allí, ni en ninguna parte de esas 668 leguas, existía la posibilidad de alquilar nada, ni para vivienda ni para negocio, aunque fuera una carnicería. Los boliches de bebidas, juegos y prostitución de los que había más de 400, eran “alquilados” sin pagar nada a los comisarios de cada pueblo. Usted conoció a uno que oficiaba de acordeonista en su boliche y no necesitaba dejar el instrumento para dar órdenes a su personal de reprimir a sablazos y cobrar multas, sin recibo. Eso sí: todo lo que se vendía y consumía, debía ser comprado en el almacén de ramos generales de la Cía.: no se dejaba entrar otra mercadería de afuera. En esos boliches se pagaba el doble que en Santa Fe, pero no con dinero moneda nacional, sino con monedas de cobre, vales o papel sellado por la Cía. Nadie pagaba en moneda nacional, que estaba prohibida, sino con la plata de la Cía.

Charlando con el médico de Villa Guillermina, se enteró que el 40% de los clientes de esos boliches, estaban infectados de sífilis y que un total del 90% se completaba con tuberculosis y paludismo. Los muertos por picadura de víboras también eran numerosísimos.

Pero usted quería saber cómo vivían allí los de arriba y los de abajo. Y empezó por los de arriba. Villa Guillermina y Villa Ana eran un primor a la inglesa, jardines por todos lados, calles tapizadas con aserrín para que los vehículos no levantaran polvo, canchas de tenis y campos de golf, casas amplias para gerentes y contadores. Una enorme casa de visitas, donde eran agasajados ilustres visitantes: el gobernador, sus ministros, legisladores, jefes de policía, comisiones investigadoras. Se brindaba en copas de cristal, se bebía el mejor whisky escocés, las mejores comidas, etc. Todos, hasta las comisiones investigadoras salían encantadas. Una comisión de la legislatura santafecina, respondiendo a las críticas periodísticas, visitó la Forestal y terminó reconociendo que allí estaba todo bien, pero que había que crear más escuelas para infundir en la peonada el hábito del ahorro. En definitiva, desde el gobernador para abajo, estaban todos contentos, porque la Forestal pagaba todos los años unos 350000 $ de impuestos. Más contento estaba el gobierno inglés, porque a él le pagaba, sin tocarle un solo árbol, 5800000 $ en libras.

Los quebrachos de los bosques santafesinos y chaqueños se hacheaban a mano.

Lejos del centro, comenzaban las casas de zinc o los ranchos de la peonada de las fábricas. Usted conoció también los pueblitos provisorios, que duraban lo que duraba a su alrededor el quebracho. Allí vivían los hacheros, con familia o solteros, una vida seminómade: cada tanto, tenían que levantar sus bártulos y subirse a unos vagones hasta el próximo quebrachal. Trabajaban con el hacha y el machete entre diez y doce horas por día, unos veinte días al mes, cobrando por día alrededor de dos pesos, siempre en moneda de la empresa. Tenían que comprar a la Cía, con esa plata, sus instrumentos de trabajo, y la ropa y los alimentos para él y su familia. Para comparar: un maestro de escuela cobraba cinco veces más. Sus hijos desmalezaban a machete el espacio circundante al gran tronco, y lo hacían gratis. Pero lo peor no era el trabajo, lo peor era el paro. Cuando los hacheros terminaban con un área, tenían que esperar a ser relocalizados, entonces no cobraban nada y sus familias eran auxiliadas por la Cía. con limosnas. El hachero salía a mariscar tatúes, carpinchos o guazunchos. Semejantes condiciones de trabajo, denunciadas por los diarios de todo el país, no eran, supuestamente, responsabilidad de la Forestal, porque ella tercerizaba ese trabajo a un contratista y era responsabilidad de este todo lo anterior. Si el hideputa cobraba cara la carne de buey que les vendía a sus peones, o las herramientas, si abarataba el jornal y se quedaba con un vuelto, si prolongaba las horas o días de trabajo, era cosa suya. En todas las denuncias que se hacían en legislaturas o periódicos, el malo de la película era él. Pero la Compañía controlaba la lista de trabajadores y las cotejaba con “listas negras” que llevaba concienzudamente, informada por la policía o la “gendarmería volante”: no se toleraban protestones, ni gente que usara ropa o pañuelos de color rojo, lo cual los hacía sospechosos de comunistas. El problema era que la mayoría de esos peones eran correntinos, y muchos eran autonomistas y llevaban su divisa partidaria al cuello. Ellos, o sus familiares, eran obligados a desprenderse del rojo a rebencazos.

Usted puso especial interés en estudiar quién eran las fuerzas del orden, consciente de que semejante situación laboral no podía durar sin reventar, como una bomba. Usted sabía, en 1919, que los anarcosindicalistas de la FORA se estaban infiltrando en Villa Guillermina y los socialistas tenían local abierto en Villa Ocampo.

La policía era la policía de Santa Fe y era nombrada por el gobierno, pero la Cía. les proveía el armamento, los montados y un generoso sobresueldo, y a veces hasta aguinaldos. Carne de primera y barata para la policía, boliches – prostíbulos para el comisario. La gendarmería volante era un cuerpo especial creado por el gobierno a instancias de la Forestal y operaba en su área: era íntegramente pagada, armada y montada por la Cía. Peones y hacheros los conocían como “los cardenales” y sabían que tenían carta blanca para con ellos. La Forestal, que no se sentía segura ni con eso, formó un cuerpo civil de 80 miembros con los peores elementos que pudo encontrar, a manera de custodia privada. Para completar, los jueces de paz también cobraban sobresueldos.

La Forestal acuñó su propia moneda, que servía para intercambiar por, por ejemplo, un kilogramo de carne.

Semejante situación hubiese podido durar sin explotar muchos años más, porque la forestal facturaba millonadas todos los años y los quebrachales no se agotaban, los gobiernos provincial y nacional hacían la vista gorda y el correntino es aguantador. Pero la FORA anarcosindicalista consiguió abrir un local sindical en Villa Guillermina. Y allí fue usted, Juan Giovetti, joven inquieto, que ya sabía todo lo que tenía que saber sobre La Forestal y se puso a escribir en contra de ella: lanzó un periódico de nombre “Aña Memby” que, si algún lector no lo sabe quiere decir “Hija del diablo” que fue como el detonador de una bomba moderna. El “Aña Memby” corrió como el fuego por pueblos y obrajes y usted se volvió famoso y querido por el pobrerío del norte santafesino.

Por supuesto, usted y su amigo el gremialista Lotitto, fueron detenidos y amansados ipso facto por la gendarmería volante, lo que determinó el llamado a la huelga de abril de 1920 y la ocupación de la fábrica de tanino de Villa Guillermina. Se pedía, además, el fin de las listas negras, las ocho horas, aumento de sueldo y estabilidad laboral. Un gerente entró a la fábrica a conferenciar y terminó muerto, nunca se supo en qué circunstancias. La gendarmería desató una feroz represión a cuanto peón, hachero, o autonomista comunista se le ocurrió, que hizo que muchos de sus oficiales se horrorizaran de lo que estaban haciendo y renunciaran. Pero la cosa ya no tenía vuelta atrás: la huelga paralizó toda Santa Fe, se tomaron fábricas y ferrocarriles, se secuestraron caballadas y vacunos de la Cía. y peones y hacheros armados, se refugiaron en el monte.

Hagamos como que usted, que viene haciendo de Juan Giovetti, consiguió escaparle a la prisión y pudo ver el resto de la hecatombe. La Forestal cortó la luz y el agua en los pueblos, hizo desaparecer el pan. La gendarmería quemaba viviendas a troche y moche y familias enteras buscaban el monte para huir o para resistir a balazos. La gendarmería se lanzó a la caza del hombre y lo pagó muy caro: los hacheros correntinos, buenos tiradores como mariscadores que eran, conocedores del monte, les hicieron tantos muertos como los gendarmes les hicieron a ellos. Se calcularon unos 900 muertos. Esa guerra de guerrillas duró tres meses, mientras los hacheros y sus familias retrocedían lentamente hacia el norte del Chaco, a conchabarse otra vez, esta vez por un peso por día; pero al menos les pagaban con moneda nacional. Usted se fue con ellos.

Después, y por muchos años, la Forestal siguió siendo la Forestal y pagando dos pesos por día, hasta que, en la década de 1960, cerró todas sus fábricas en Santa Fe y se fue a extraer tanino al sur de Africa, donde la mano de obra era todavía más barata.-