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EL MITO DE LA “LLUVIA DE INVERSIONES”

Los países de desarrollo reciente lo alcanzaron a través de un proceso de acumulación capitalista basado en el ahorro interno, liderado por empresas nacionales y por los respectivos Estados.

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Por Ricardo Martín
Lic. en Economía - UBA
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Si por inversión entendemos lo que en economía se llama formación bruta de capital fijo, y en buen romance, inversión productiva -o sea, la que genera producción y trabajo, no la llamada “inversión financiera”, que sólo produce dinero, pero para el rentista-, el último gobierno neoliberal, el de Macri y los radicales, fracasó rotundamente también en ese importante aspecto. Según los últimos datos publicados por el Banco Mundial, la inversión bruta fija Argentina fue de sólo 16,6% del PBI como promedio del período 2016-2019, mientras que, durante el lapso 2003-2015 había promediado 17,6%, cifra también baja pero mayor en un punto. El anterior gobierno neoliberal no produjo mejores resultados, pues entre 1991 y 2002 se invirtió en promedio un 17,7% del PBI, prácticamente lo mismo que en los 3 gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. De manera que el supuesto de que el neoliberalismo, por ser muy amigable con el capital, genera una mayor inversión, se demuestra falso, al menos para nuestro país. Eso sucede porque es amigable con el capital (y en especial, el financiero), pero no con el pueblo, cuyos ingresos disminuyen con esos gobiernos, lo cual achica el mercado interno y, en consecuencia, desalienta la inversión, porque nadie va a producir lo que no podrá vender.

Pero aquí nos interesa referirnos a otro mito relativo a esta importante función económica.

El mito de que Argentina, para desarrollarse, necesita una lluvia de inversiones extranjeras. Eso también es falso.

Los países de desarrollo reciente -por ejemplo China, India, Corea, Tailandia, Vietnam, Malasia, Indonesia- no alcanzaron ese objetivo en base a un aluvión de inversión foránea. Todos ellos se desarrollaron a través de un proceso de acumulación capitalista basado en el ahorro interno y liderado por empresas nacionales y por los respectivos Estados. Y la inversión extranjera, cuando ocupó un lugar importante, como en China, lo hizo aportando conocimiento tecnológico que luego fue apropiado por las empresas locales. El caso de China es notable: recibió masivamente inversiones norteamericanas que le dieron la tecnología que el país, con su atraso crónico en esa materia, no tenía; pero ese conocimiento fue incorporado por empresas chinas, que hoy no sólo lo actualizan, sino que están pasando a ser líderes mundiales en desarrollo científico y tecnológico, compitiendo cada vez más con Estados Unidos en las tecnologías del siglo XXI, y en algunos casos, superándolo ampliamente. De todas maneras, vale aclarar que el volumen de inversión extranjera en China fue bajo en términos relativos, dado que, mientras la tasa promedio de inversión, entre 1981 y 2019, fue del 39,4% del PBI, la inversión extranjera alcanzó sólo al 2,7% del PBI, menos del 7% de la inversión total, siempre según el Banco Mundial.

Esta misma institución nos muestra que el promedio de inversión extranjera de los otros 6 países asiáticos arriba mencionados, entre los años 2000 y 2019, fue del 8,7% de la inversión total, mucho más bajo que el de Argentina, que alcanzó 11,8% para igual período.

Los pilares del desarrollo fueron, en todos esos países, la educación creciente de la población, la incorporación de ciencia y tecnología y un proceso de acumulación nacional, con muy escasa fuga de capitales y transferencias a paraísos fiscales. Justo lo opuesto al modelo neoliberal.

Argentina tiene un nivel de ahorro interno respetable, pero buena parte del mismo se fuga al exterior. En una presentación reciente ante empresarios norteamericanos, el actual presidente del Banco Central estimó el stock de activos externos pertenecientes a residentes argentinos en U$S 400.000 millones. De esos fondos, dijo, tres cuartas partes serían activos ubicados en el exterior del país, pero 100.000 millones serían billetes extranjeros (básicamente, dólares) atesorados en cajas de seguridad o en casas particulares; otras fuentes, privadas, estiman esta cifra en 130.000 millones. Atraer estos fondos, en buena medida en manos de pequeños y medianos ahorristas, al sistema financiero formal podría resolver por unos años el déficit crónico de inversiones y de dólares que sufre nuestro país.

La fuga de divisas que protagonizan empresas y particulares es, entonces, la contracara de la baja inversión en Argentina. Según el Banco Central, entre enero de 2016 y octubre de 2019 se fugaron del circuito económico 86.200 millones de dólares, lo que representó el 4% del PBI de esos mismos años. Si bien esa sangría es hoy mucho menor debido a las restricciones cambiarias, una nota del diario Perfil del 9/6/2020 reporta la formación de activos externos, entre 2003 y 2007, en 15.000 millones de dólares; 70.000 entre 2008 y 2011, y 12.000 entre 2012 y 2015, ya con el llamado “cepo” cambiario. Si la mayor parte de todas estas divisas pudiera retenerse para la actividad económica, la baja tasa de inversión de que adolece nuestra economía podría alcanzar un nivel compatible con un crecimiento económico moderado pero sostenido. Por supuesto, otras medidas harían falta para incrementar aún más la inversión y alcanzar el desarrollo que nuestro pueblo demanda, y que le es negado desde hace décadas.

En resumen: no necesitamos que ingresen cuantiosas inversiones extranjeras; necesitamos, sí, canalizar el ahorro interno hacia la inversión productiva, y sobre todo evitar su fuga al exterior, además de generar las condiciones necesarias para incrementar la inversión privada, con reglas de juego claras y, sobre todo, estables, y con una economía previsible.-